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ELECCIONES GENERALES, SEGUNDA VUELTA. DÍA 14 DE CAMPAÑA (Jerez) – La Caravana

Un pajarillo insectívoro vive sobre las espaldas de los hipopótamos, alimentándose de los parásitos que le pueblan la piel: a cambio, el ave ligera le hace de alarma al mamífero torpe, avisando con vuelos y gritos cuando se acerca algún peligro.

El chorlito egipcio le lava los dientes al cocodrilo: no tiene miedo a posársele en la bocaza abierta y picotear sus restos de comida.

Los peces payaso tienen una piel especial para poder vivir entre anémonas sin ser envenenados: a cambio del cobijo, son los mercenarios que les atraen el alimento a estas flores de mar que no se mueven. Y para poder moverse, con quienes se asocian las anémonas es con los cangrejos ermitaños, que las llevan a cuestas y a cambio son defendidos por sus tentáculos. 

En Nueva Zelanda, un extraño reptil y un pájaro marino comparten hogar. El primero excava la cueva y el segundo construye el nido.

“El gobio de Luther”, dice un artículo que no necesita reescritura para ser poético, “no posee las dotes adecuadas para cavar una buena madriguera. Este problema se lo resuelve la gamba ciega, con sus potentes patas cava la madriguera y ella obtiene del pez a su propio lazarillo. Viven juntos en la cueva y salen juntos a buscar alimento. Las antenas de la gamba están en contacto con el pez y cuando éste detecta un peligro, le da un toquecito a la gamba y ambos huyen”.

En biología, llaman simbiosis al tácito acuerdo de dos individuos para un mutuo beneficio. La extraña condena inter-especies a que la supervivencia dependa de la convivencia. El cirujano y botánico Anton de Bary, que le puso nombre al fenómeno allá por el siglo XIX, lo definió como “la asociación de especies de vida diferente”.

Tras el mitin de Jerez, con una cena y una foto, nos despedimos de la caravana de periodistas que nos ha venido acompañando. Tras quince días compartiendo hotel y mantel, carretera y noches, volvemos a la cotidianeidad de encontrarnos solo a ratitos.

Pero en el tiempo de campaña, periodistas y partido somos simbiontes. Anémonas y cangrejos, pájaros con cocodrilos. La asociación de especies de vida diferente.

No es sencillo: difieren nuestras costumbres, nuestros intereses. No podemos acercarnos demasiado, pero nos necesitamos para que tenga sentido.

Nosotros hacemos, ellos cuentan.
Nosotros afirmamos, ellos preguntan.

Hacemos el trajín de gestionar los viajes y los bocadillos, y ellos nos hacen de altavoz a las palabras.
Les damos información, y nos dan visibilidad.

No, no es sencillo. Hay que hacer el encaje de bolillos de separar lo personal y lo profesional. Es extraño compartir copas con alguien y despertar a la mañana siguiente con una portada en la que te da madera hasta en el carné de identidad. Es extraño hablar todo el tiempo y tener que callar cosas. Es extraño ser equipo y a la vez adversarios.

Nos sentimos a veces monitores de campamento: “No lleguéis tarde”. “Mirad si falta algún compañero antes de arrancar”.
Nos sentimos a veces madres solícitas: “Disculpe, señor del restaurante, ha olvidado que hacía falta un menú sin gluten”. “¿Habéis dormido bien?”

Nos sentimos a veces amigos. Pero hay que recordar que no.

Discutimos mucho, claro. Nuestra improvisación les pone de los nervios con razón, y sus tweets al respecto nos desquician con no menos razón. Ellos tienen que pedir, y nosotros tenemos que no darlo todo. Pero para no volvernos locos, es necesario que convivamos alegres asumiendo los unos la insistencia, los otros los noes.

Pájaros con reptiles, gobios con gambas. Como en la vida misma, hay que saber separar la atención del control. Cuándo procede ofrecer un plan conjunto y cuándo es el momento de dejar un poco de espacio con tiempos libres separados.

Son dos semanas como de campamento. Nos ven dormir con la boca abierta en autobuses, pelearnos, llorar, enamorarnos. Les vemos dormir con la boca abierta en autobuses, pelearse, llorar, enamorarse. No nos usamos lo privado en contra. Mantener la confianza es esencial en la simbiosis.

Algunas veces la noche se nos alarga juntos y compartimos la complicidad de la resaca. Algunas veces el avión nos sienta junto a alguien del otro equipo, y nos contamos el pasado y encontramos puntos en común. Muy a menudo nos reímos juntos.

Pero ellos tienen que resistirse a que les gustemos demasiado, y eso tampoco tiene que ser sencillo.
Tienen que resistirse a creernos aunque nos cojan cariño, y eso tampoco tiene que ser sencillo.

El pajarillo insectívoro y el hipopótamo no se escriben cartas de amor. Saben que no están juntos por afinidad ni por altruismo.

No procedería, ni por verdad ni por protocolo, que yo escribiera aquí una carta sensiblona a los periodistas de la caravana.

Pero es cierto que agradezco el respeto mutuo, las buenas formas, la facilidad en las dificultades.
Que me disculpo por algunas contestaciones malhumoradas y algunas gestiones mejorables.
Que celebro que nos lo hemos pasado muy bien.

Asociación de especies de vida distinta.
Ecosistemas de los que se aprende calma, tolerancia y comprensión.

La sorpresa en cierto modo hermosa de ver caminar a una anémona.

La imagen, en esta ocasión, es de José Camó, fotógrafo de IU

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