Otra poesía (de amor) es posible

(Artículo publicado en el número 50 de La Marea y online aquí).

“¿Sabéis cuál es / la última de mis herejías? / No me vais a creer / pero canto / al amor feliz”. El poeta marroquí Abdellatif Laâbi, conocido por su trayectoria política, encarcelado y exiliado por su escritura, sorprendía hace algunos años con un poemario amoroso, y él mismo anticipaba las bromas, las críticas y las explicaciones, con versos como estos. Entre los clichés que la poesía lleva encima como losas, el de los “poemas de amor” es uno de los más pesados: el fantasma de la cursilería, el arquetipo del amante doliente, un reparto de roles y voces acorde con todas las estructuras del amor romántico. Entonces, si queremos pensar y construir otras formas de amor, ¿tenemos una poesía que afronte el reto de ponerles palabras?

Haz lo que te digo (Bartleby, 2015), de Miriam Reyes, aborda la parte del diagnóstico: poemas que trazan el recorrido de una relación que se va forjando a través de la indagación en el lenguaje y las conductas. Se va encontrando, así, la conversión del asombro y de lo vivo en certezas, el modo en que todo se llena de estructuras. “No es aconsejable depositar toda esperanza en otro cuerpo”, previene; “por ejemplo yo a ti / ni te encontré ni te estaba esperando / por ejemplo tú y yo / ni tenía que ser ni que no ser”. Otras autoras indagan en el proceso desde una perspectiva nítidamente feminista. Wendy (Pre-Textos, 2015), de Martha Asunción Alonso, inspira el título en el síndrome, conocido por tantas, de las que van recogiendo peterpanes: “Dejad / que los huérfanos se acerquen / a mí / (…) Mi corazón: seda / para sus garfios”.

Al seguir explorando la aventura, se llega a lo que quizá sea lo único que ha llenado aún más de clichés los libros de poesía que el amor mismo: su final. Más allá de los relatos viciados de despecho y venganza, encontramos propuestas reflexivas para acompañar la tarea de afrontar los cambios. Los dos últimos libros de Teresa Soto, Nudos (¡Arre!, 2013) y Caídas (Incorpore, 2016), conjugan las heridas de una historia que termina –”Cobijar el miedo / como si fuese un exiliado / un herido de guerra / Sorprenderse después / de que domine / todo”– y la delicada sorpresa de otra que, por el contrario, nace en mitad de un duelo, como un regreso de la luz: “Nos sonreímos / un poco / con cautela / estábamos siendo felices / entre tanta ruina / y tanta pérdida”.

Si, como escribe Carlos Vidania, “el amor en conserva / es una lata”, tenemos el reto de encontrar maneras de “amar sin dueño / amar sin daño” (que dice a su vez José María Gómez Valero). Y, sí: también en poesía hay quienes intentan otras maneras de escribir la historia más vieja del mundo. Sara Torres, por ejemplo, desarrolla en La otra genealogía (Torremozas, 2014) la utopía de una isla de mujeres que viven amándose y sin extraños, entre el deseo y la magia, con nuevas normas o tal vez sin ninguna: “Dos me aman / y a dos amo / Madre; / dos me aman / a dos amo / y juntas tres / vamos al baile”.

Otro par de libros recientes se zambullen en esa herejía cumplida del amor feliz. Simplemente, eso tan difícil de encontrar: deliciosos, alegres, serenos relatos de amor. De regreso a nosotros (Ya Lo Dijo Casimiro Parker, 2016), de Ana Pérez Cañamares, es un poemario luminoso sobre un momento sin daño, un momento de calma que no busca más: “La pasión por un paisaje / sin deseo de casa con balcones”. Así también Felicity (Valparaíso, 2016), de Mary Oliver: a sus 80 años, la autora echa la mirada atrás y disfruta con limpieza y hondura. Y, como quien deja migas en el camino, nos acerca, para las búsquedas, una pista: “Yo pensé, vayamos lentamente con esto. / Es importante. Deberíamos pensarlo / en profundidad. Deberíamos dar / pequeños pasos meditados. / Pero, bendícenos, no lo hicimos”.

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