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ELECCIONES GENERALES, SEGUNDA VUELTA. DÍAS 12 y 13 DE CAMPAÑA (Madrid – Vitoria – Madrid) – Desde el autobús

Desde el autobús, desde sus largas horas de ventanilla, se ven muchas cosas.

Se ven carreteras de peaje, carreteras con baches, carreteras anchas como grandes ríos,  carreteras con las líneas despintadas por el sol, hierba en los arcenes, caminos que se adentran a quién sabe donde.

Se ven latifundios. Descampados. El terco trazado a cuadros de la propiedad y los barbechos.

Se ve el cansancio de los camioneros. A veces casi parece verse la gana que tienen de llegar a casa.
Se ven pueblos pequeños, tan solos en medio de las llanuras, como si solo existieran en ese breve segundo en el que pasan ante la ventanilla.

Se ven grandes ciudades, rodeadas de la circunvalación de los madrugadores, el trayecto cotidiano de la periferia al salario.

Se ven carteles que van cambiando de idioma con los kilómetros.

Pintadas de “bases fuera”. Pintadas de esvásticas y pintadas antifascistas. Pintadas de “te quiero Conchi”.

Se ven molinos punteando las laderas. Se ven antiguos postes de la luz, sus cables llenos de pájaros. Se ven minas cerradas. Se ven ríos secos.

Se ven áreas de servicio, todas iguales, franquicias de bocadillo tieso. No se ven casi ya fondas.

Pero se ven puticlubs.

Se ven rotondas llenas de toda clase de monumentos.

Se ven vías muertas. Se ven pasar trenes de alta velocidad.

Embalses y salinas. Invernaderos. Polígonos industriales. Superficies comerciales. Autoservicios de McDonalds.

Obras en marcha y obras paradas.

Aeropuertos que nunca se usaron.

Se ven puestos de la guardia civil, que a veces paran, “aleatoriamente”, a un autobús electoral, y le hacen un control lleno de soberbia.

Se ven eucaliptos. Muchos. Muchos, muchos eucaliptos, de norte a sur, repoblando y despoblando a la vez.

Solo rara vez se ve pasar un águila.

Se ven amaneceres, se ven atardeceres, se ve la luna.

Se ven ambulancias. Se ve vida y se ve muerte.

Se ven coches de lujo pasando veloces y presuntuosos, y se ven coches llenos de años y vida que se han parado por el recalentamiento del motor.

Ya no se ven autoestopistas.

Se ven pasar bandas de moteros, sugerentes jinetes que siempre despiertan las ganas de viajar.

Se ven flores en algunos puntos del camino, su silenciosa oración.

Se ven maizales. Se ven olivos. Se ven carteles que cuentan quién paga.

Se ven chabolas. Se ven chalets.

Desde el autobús, desde sus largas horas de ventanilla, se ven muchas cosas.

Por todas ellas es este viaje.

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