Deletreando

Raquel sólo me dijo: “Lo que queremos es que escribas un cuento, una ficción, sobre algo que pudiera ser real y que permita entender el país en el que estás viviendo. Es para una revista digital de literatura que empezará a andar en septiembre. La sección para la que te lo pido hablará de vuelos y tendrá un mapa con chinchetas que marquen desde qué rincones del mundo nos contáis”.

Yo a ella no le pregunto más. Escribí, envié. (más…)

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Cosas que aprendí del Ramadán

Poco a poco, más de la mitad del mes sagrado pasó y las preguntas que nos hacíamos mirando a la luna han ido encontrando su respuesta. Sí que había cañonazos para anunciar el desayuno y sí que a partir de las siete todo el mundo en las calles llevaba en la mano su botella de agua para no perder ni un segundo antes de darle un trago largo en cuanto sonara la primera nota del canto del atardecer, os avanzo.

No ayuné, no. Aunque sí que desarrollé algunas costumbres de mes sagrado de mi propia cosecha, como salir cada tarde a la terraza con una taza de té cuando diera la hora de empezar a comer y observar por la ventana, furtivamente, cómo la familia del piso de enfrente, tan parecida por lo demás a la mía, se abalanzaba sobre sus platos voraz y callada. O almorzar a base de los pastelillos que las panaderías inventan para hacer más variado el desayuno vespertino, y que los fieles se llevan a casa en cajas que no abrirán (como uno de esos regalos de cumpleaños, tan ilusionantes, que se guardan en el armario semanas enteras) antes de la puesta de sol.

Mañana me voy por unos días, así que no viviré in situ la recta final del Ramadán. (No sé si me da pena o me alivia, estoy a ver si me decido). De modo que considero cerrado mi mes santo, y antes de echar una última mirada a la cena de los vecinos, quería contároslo, como el que pone un punto y final.

Pero como todo eso del “cómo se vive” ya lo tenéis un poco visto, he pensado que voy a ahorraros obviedades. Me dejo de relatos y retratos y os cuento, simplemente, diez cosas que aprendí del Ramadán.

Así, con su ambigüedad: del Ramadán. Tanto acerca de él como gracias a sus cuitas.

(Nota: ni el tiempo ni los ánimos me han bastado, esta vez, para hacer fotos. Cada tarde tuve ganas, pero cada tarde lo dejé pasar. También es cierto que no habrían servido de mucho: una foto de una calle vacía a las siete de la tarde es sólo una foto sosa que no tiene mucho que ver con la sobrecogedora sensación de pasear por una calle vacía a las siete de la tarde, y nada en la de un puesto de panes indica que no os engaño sobre qué mes es. Pero si alguno tiene realmente sed de imágenes, tengo una buena noticia: siempre todo hay quien lo ha hecho ya. En este caso, eso quiere decir que podéis ir alternando con este enlace si os apetece sazonar mi decálogo con notas de color: fotos que parecen hechas en sueños. )

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La shisha perdida

Los caminos de los medios son inescrutables. Con esto de trabajar para una agencia, se acaba entendiendo bien hasta qué punto. A veces, uno escribe un reportaje que le parece totalmente prescindible, una noticia anecdótica, una crónica de no mucho interés, y unos cuantos periódicos se hacen eco, una cantidad exponencialmente mayor de páginas web la copia al instante, y google devuelve cientos de resultados cuándo se le pregunta qué tal destino tuvo el escrito.

Otras veces, un trabajo currado no obtiene ninguna repercusión. Pero en fin, eso ya lo sabíamos.

El caso es que a veces se entiende bien por qué. Lo que vende y lo que no, esas cuestiones. Las palabras clave y las afinidades de cada cual. Pero otras veces no. Otras veces ocurren cosas de lo más inesperado y uno deja de entender. Las normas aprendidas de lo que sí y lo que no se resbalan, y perdemos la porra que habíamos hecho contra nosotros mismos. La entrevista con filón se queda fuera y la crónica sobre váteres sucios triunfa que no veas.

Pero lo que nunca, nunca, nunca, me había pasado todavía, es que nadie, pero que nadie, nadie, comprara uno de los textos que sacaba por aquí. Ni siquiera adn.es o terra.com, bajo cuyo nombre parecen esconderse robots que suben inmediatamente a sus bases de datos toditotodo lo que pasamos al hilo de la Efe.

Y de una manera tan inesperada, además.

No me malinterpretéis: en general me da exactamente igual que se publiquen o no. En el top three de mis trabajos preferidos no ha habido ninguno que se vendiera bien.

Es por genuina extrañeza por lo que os lo cuento. Vamos, que yo pensaba que esta era “de las que sí”, que habría apostado por ella en la carrera de perros de las entradas de google.

Y mira, no. Y aunque sólo sea por eso, de pronto la quiero un poco más.

Así que nada, pasado un tiempo prudencial, por aquí os la dejo.

Porque me parece que, a su manera, también cuenta un poquito el país, como un pequeño Aleph de esos que me gustan.

(A ver si va a ser eso.)

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Djemaa El Fna

La plaza de Djemaa El Fna es seguramente uno de los motivos que me hicieron volver a Marruecos, elegir vivir aquí.

“Amo a esa plaza como si fuera una persona”, decía el otro día una amiga que la conoció a la vez que yo. Yo no. Yo no la amo. No la entiendo, no confío en ella y no la extraño cuando no está. Pero sí que es para mí uno de esos mágicos seductores que, cuando se tienen delante, invitan a abandonar todo raciocinio y destejer el hilo de la realidad para abandonarse en sus brazos. Sin condiciones, sin cortafuegos. (más…)

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“El luchador de clase a la manera taoísta”

Lo sé,  lo sé, he tenido esto un poco abandonado. Mucho trabajo, muchas cosas, pocas ganas. Pero cuando Vi me lo recordó esta mañana, me dije que ya era hora de retomar.

Para coger carrerilla, algo de poesía recién descubierta e inevitablemente traducida para compartir. Y ya enseguida nos ponemos el gato y yo a trabajar, que hay cosas que contar.

Aquí nos decimos a menudo que este es un país un poco apático, poco dado a quejarse o levantarse, más bien tendente a seguir la corriente del poder haciendo en realidad lo que les da la gana pero sin patalear, sin que se vea.

Pero a veces te sorprendes. Como cuando te enteras de que hay un señor que, por ejemplo, en el 76 (que aquí estaba así) escribía un libro que, ya para empezar, se titulaba “El luchador de clase a la manera taoísta”. Vamos, porque no pudo reunir más subversión en ocho palabras.

Se llamaba Abdelkebir Khatibi y lo que os dejo aquí son algunos extractos de ese fantástico, largo, muy sorprendente, valiente todo el rato y todo el rato intenso poema. Si alguien quiere más, cosa que no me extrañaría, sólo tiene que pedir. Yo lo releo y lo releo y miro a mi alrededor intentando encajar los pensamientos que cuenta en el día a día de este país.

Y me quedo perpleja.

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Beauty and the Press

-I-

Era la primera vez que estaba un desfile de moda. Nunca antes había visto a una modelo así de cerca, viva, caminando. Iba a ser un poco como entrar en los cuarteles generales de algunas de las cosas que más miedo me dan, pensaba yo.

Lo que nunca pensé es que al ver a esas mujeres perfectas, ejemplares de muestra de la idea dueña de nuestros monstruos de niñas, patrones a cuya medida cortamos el hambre, fantasmas que habitan los espejos, inevitables condicionantes de nuestra autoconcepción (la que esté libre de pecado, que tire la primera galleta integral)… sentiría, antes que nada, una extraña, desoladora, triste, atenazante compasión.

Otro capítulo más de esas cosas que ya sabemos de sobra pero golpean más cuando se ven. Esta vez: “La Belleza No Era Esto”.

¿Qué pensarían ellas, si me hubieran mirado a mí?

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