No era para tanto

Siempre me han gustado dos cosas de personas ordenada: hacer listas y hacer balances. Acompañando a los balances, me gustaba también repasar en minuciosos detalles la última etapa de algo. Me recuerdo pensando: “este es mi último despertar con doce años”, “esta es la última merienda de 1999”, “este es el último domingo que salgo a comprar el pan y los periódicos antes de irme a vivir a Madrid”.

Afortunadamente, he abandonado esta costumbre psicopática.

Sin embargo, ¡hoy es mi último día como becaria de periodista en Efe Rabat! La regresión al viejo hábito se impone.

He estado pensando mucho, en los últimos días y semanas. He hecho balance de lo aprendido y de lo que valdría la pena olvidar. De las historias que se me fueron abriendo como puertas o balcones, de las experiencias laterales que de manera inesperada iban trazando -pienso ahora- algo así como un rumbo.

Habrá tiempo para recuperar el balance, digamos, periodístico de la cosa. Repasando, encontré un mandamiento y os lo quiero contar. Pero eso será otro día. Hoy, con la emotividad de los finales, quería hablaros de otra cosa. (más…)

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Abdellah Taia, los muchos Marruecos y una zona libre

Desde que llegué aquí  había escuchado y leído mucho acerca de un tal Abdellah Taïa. Escritor declaradamente homosexual, más conocido casi por lo segundo que por lo primero, me contaban de varias novelas relativamente fáciles de encontrar y de unos supuestos libros de poemas cuya existencia fantasma no he logrado aun volver tangible. Escritor marroquí residente en París, leía sobre él en periódicos y revistas, escuchaba su nombre en conversaciones.

Hasta hace un par de semanas, la verdad, no había encontrado la ocasión de empezar uno del par de sus libros que tenía esperándome en el montón de “pendientes”.

Leí, me interesó. Y por esas cosas de las coincidencias, el pasado jueves mi librería rabatí favorita (que resiste ahí cerquita de la entrada de la medina, albergando en un lúcido caos todo tipo de cosas bajo el sugerente nombre de Kalila wa Dimma) organizaba una presentación de su último libro.

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Un par de fotos de Aid El Kebir

Me pregunto a menudo qué es lo que nos gusta de vivir en el extranjero, lo que nos seduce de empezar de nuevo de cero de tiempo en tiempo en una ciudad donde el idioma, las calles, los sabores, nos son extraños.

Las más de las veces, me contesto que es la cotidianeidad de la sorpresa. Vivir en lo desconocido activa un no sé qué de las hormonas y las alertas que nos tiene más abiertos a cualquier cosa, más en vilo ante lo nuevo, más dispuestos al experimento y la aventura. Habitar un lugar en el que lo diferente es norma, en que lo otro se encarna a cada paso, tiene el encanto seductor de que todos los días se pongan patas arriba las certezas. Que en todas las tareas rutinarias haya que cuestionarse un automatismo aprendido, que en cada frase hecha se aprenda una verdad popular y necesaria.

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¿Tú no has visto nada en Hiroshima?

“Tú no has visto nada en Hiroshima”, decía incansable el hombre de Hiroshima, mon amour mientras nos perdíamos mirando planos perfectos de texturas de piel. “Tú no has visto nada en Hiroshima”. “Tú no has visto nada en Hiroshima”. “Tú no has visto nada en Hiroshima”.

Ella respondía: “Lo he visto todo”.

He pensado en eso esta semana.

Porque escuchaba, incansable, decir, todo el tiempo: “tú no estás viendo nada en El Aaiún”. (más…)

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Ay (ún)

Tras un día así, de tanta tristeza, siguiendo frenéticamente las imágenes y palabras, los recuentos y balances, del malhacer, la violencia y la hipocresía, ¿qué decir?

¿Qué link se podría elegir a modo de resumen? ¿Una foto con sangre o un comunicado con mentiras oficiales? ¿Un vídeo de camiones militares entrando en la ciudad de adobe o la historia de cómo a los periodistas se les da una vuelta más a la tuerca de las mordazas? ¿Balones fuera, planes que se mantienen o familiares que no vuelven a casa? ¿Artículos furiosos que dan en el clavo o imágenes de la desolación?

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Un aparcamiento en el jardín de las Hespérides

En el centro del Tao, el Centro de Interpretación del Tao;

pero en el centro del Centro de Interpretación del Tao, ni gota de Tao”

(T.S. Norio)

Siempre he sido bastante fan de las teorías que mantienen que determinados lugares desprenden una energía especial, alguna clase de mágica atracción, que es la que hace que, siglo tras siglo, época tras época, diferentes pueblos asienten allí sus ciudades, adoren allí a sus dioses, instalen allí mercados o palacios. En ellos, los habitantes tienen sueños peculiares, se producen hechos insospechados, se sienten cosas.

Algunas veces, hablando de ello con gente, hemos tratado de desarrollar teorías. “Habrá corrientes subterráneas de agua”, “habrá alineaciones especiales de estrellas”, “habrá imantaciones o fallas tectónicas o pasos de meridianos”. “Será que la acumulación de las energías a lo largo del tiempo ha generado un campo de fuerzas que se ha quedado ahí flotandoy por eso pasan cosas así”.

Qué sé yo, especulamos así, nos gusta.

El caso es que, llamadme mística, me ha vuelto a ocurrir.

La semana pasada, siguiendo las huellas de una protesta, llegué a la ciudad de Larache, la que a lo largo de las décadas ha sido llamado “perla del Atlántico”, “joya de África”, epítetos variados que cantaran la bondad de sus gentes, la belleza de sus plazas, el azul de su mar. Junto a la ciudad se encuentra el yacimiento de Lixus, que es lo que me llevaba allí.

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“Que un solo traidor puede con mil valientes…”

Estos días están pasando en este país y en lo que no es este país tantas cosas, y tan negras, que le han comido la lengua al gato.

No cree saber ni poder contar nada. Ya tenéis google para los hechos (sólo tenéis que poner “El Aaiún” en su cajita si no sabéis de qué os hablo), vuestra cabeza y de nuevo google para deducir la situación-papel-posición de la prensa y los periodistas en el enredo, y la intuición (sin google ahora) para imaginar todo lo que querría escupir aquí como un minino enfermo de rabia.

Es que hay cosas que son tan grandes y tan feas que una no tiene nada que decir, poco que aportar. “Lo que está a la luz no necesita candil”, responde siempre en estos casos un amigo.

Pero tampoco quiere callarse, el gato. Yo creo que no sabe. Callar es consentir, como asumir que no te enteras es asentir, y no vale.

Total, que, enfadado y triste, sólo se le ocurre dejar por aquí un par de poemas, una canción. Ya sabéis: él habla así.

Y luego  se queda mudo, mirando pa’ dentro, pa’ donde el mundo se pinta de otra manera. (más…)

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Una historia marroquí de amor (por la verdad) y de censura

ARTE Y OFICIO DEL ADUANERO
Nadie es responsable de la clase de poesía que llega a los pueblos sin aduana.
Alguien es responsable de que a los pueblos con aduana no llegue ninguna clase de poesía.
(José Viñals)

 

El otro día, cuando andaba trasteando con los archivos de TelQuel para enlazaros de lo que piensan y pensamos las unas, las otras y las de más acá, me acordé de una cosa que, hace meses ya, quise contaros y luego se me fue pasando. Aunque uno de los dogmas en los que no creo es ese de que pasado el tiempo las noticias ya no importan, en este caso me parecía un poco tarde para contarla hasta desde ese escepticismo.

Desgraciadamente, ahora tengo una excusa perfecta.

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Imilchil: la henna y la tinta (o lo que no nos invitaron a pensar en las clases de ética del periodismo)

La semana pasada el trabajo me dio la ocasión de una de esas aventuras que uno espera tener cuando se viene a vivir a un país como este. El asunto era el “festival de las bodas” de Imilchil, y antes de ir yo había leído cosas básicamente de este palo (aunque también un poco de esto y por suerte esto otro además). Así, sabía que se trataba de la celebración de unos matrimonios colectivos, siguiendo una tradición bereber. Sabía que en torno a eso se organizaba un mercado y, en general, un gran sarao. Sabía algunas leyendas y el nombre de dos lagos. Poco más. Para el resto, mi idea era dejarme sorprender. (más…)

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Lo que piensan las árabes, lo que piensan las marroquíes y lo que ya no sabe una qué pensar

Hace unos días que una extraña polémica sacude (a su extraño modo también) este país.

La cosa vino de la mano de un reportaje en la revista Tel Quel, generalmente considerada como el único signo digno de algo así como un periodismo independiente en Marruecos.

Tema de portada, el reportaje se presentaba así: “LAS MARROQUÍES VISTAS POR LOS ÁRABES. ¿En dos palabras? Brujas o prostitutas”.  En la foto, tres chicas vestidas a la occidental (bueno, a la occidental y como para ir de boda) charlan con dos señores con pinta de jeques que se pasean en carrito de golf por lo que parece un recinto ferial o un hipódromo. “He aquí el cliché grosero en el que en Oriente Medio encierran a nuestras mujeres. Investigación sobre un prejuicio nacional”. (más…)

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