Imilchil: la henna y la tinta (o lo que no nos invitaron a pensar en las clases de ética del periodismo)

La semana pasada el trabajo me dio la ocasión de una de esas aventuras que uno espera tener cuando se viene a vivir a un país como este. El asunto era el “festival de las bodas” de Imilchil, y antes de ir yo había leído cosas básicamente de este palo (aunque también un poco de esto y por suerte esto otro además). Así, sabía que se trataba de la celebración de unos matrimonios colectivos, siguiendo una tradición bereber. Sabía que en torno a eso se organizaba un mercado y, en general, un gran sarao. Sabía algunas leyendas y el nombre de dos lagos. Poco más. Para el resto, mi idea era dejarme sorprender. Read More

Lecturas para piquetes

Decían, medio en serio medio en broma, un par de amigos en facebook que “qué fácil es decir que se apoya a la huelga cuando uno trabaja en el extranjero”, como yo.

Tienen razón. Es más fácil.

Pero también es verdad la rabia que da no poder estar ahí, pagando voces con los compañeros, con los amigos.

Por eso, como sabemos o queremos creer que, más allá de despachos vacíos, una huelga se trata de pensar y hacer pensar, me abstraigo un rato desde mi silla giratoria para poder estar, también desde aquí, en este 29-S.

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Curiosa manera de volver a casa

Ya os he dicho alguna vez que me interesa mucho todo lo que tenga que ver con experimentos acerca de nuevas narrativas (y poéticas) que exploten realmente las posibilidades de Internet.

Pero lo cierto es que, en mis investigaciones, rara vez encuentro algo que me parezca, por un lado, verdaderamente novedoso; por otro, verdaderamente multimedia-al-modo-Internet; y por un tercero, interesante a la hora de expresar.

El tema es que esta mañana, gracias al blog, precisamente, de Davinia Suárez (alma mater del Deletrea.me arriba enlazado), doy con un experimento que sí. Que sí me parece original, que explora genuinamente las posibilidades de los recursos web, y que (fundamental en el caso) logra con ello trasmitir de una manera concreta, contar de un modo suyo. Read More

Lo que piensan las árabes, lo que piensan las marroquíes y lo que ya no sabe una qué pensar

Hace unos días que una extraña polémica sacude (a su extraño modo también) este país.

La cosa vino de la mano de un reportaje en la revista Tel Quel, generalmente considerada como el único signo digno de algo así como un periodismo independiente en Marruecos.

Tema de portada, el reportaje se presentaba así: “LAS MARROQUÍES VISTAS POR LOS ÁRABES. ¿En dos palabras? Brujas o prostitutas”.  En la foto, tres chicas vestidas a la occidental (bueno, a la occidental y como para ir de boda) charlan con dos señores con pinta de jeques que se pasean en carrito de golf por lo que parece un recinto ferial o un hipódromo. “He aquí el cliché grosero en el que en Oriente Medio encierran a nuestras mujeres. Investigación sobre un prejuicio nacional”. Read More

Deletreando

Raquel sólo me dijo: “Lo que queremos es que escribas un cuento, una ficción, sobre algo que pudiera ser real y que permita entender el país en el que estás viviendo. Es para una revista digital de literatura que empezará a andar en septiembre. La sección para la que te lo pido hablará de vuelos y tendrá un mapa con chinchetas que marquen desde qué rincones del mundo nos contáis”.

Yo a ella no le pregunto más. Escribí, envié. Read More

Por algo es la ciudad en llamas ;)

Volver a casa es muchas cosas. Muy exótico, como dice Bunbury. Es máquinas del tiempo, y sonrisas siempre, y un poco de porquénomequedo, y las charlas que ayudan a pasar el invierno, y los planes de viajes, y el miedo a crecer, y los viejos amigos -y los amigos nuevos-. La cerveza y el mar.

Y es, cada vez más, que, como dice el Flaco, Oviedo arde. Y las noches, largas, se llenan de versos, se llenan de música. Nuevas cosas que meter al equipaje. Read More

Cosas que aprendí del Ramadán

Poco a poco, más de la mitad del mes sagrado pasó y las preguntas que nos hacíamos mirando a la luna han ido encontrando su respuesta. Sí que había cañonazos para anunciar el desayuno y sí que a partir de las siete todo el mundo en las calles llevaba en la mano su botella de agua para no perder ni un segundo antes de darle un trago largo en cuanto sonara la primera nota del canto del atardecer, os avanzo.

No ayuné, no. Aunque sí que desarrollé algunas costumbres de mes sagrado de mi propia cosecha, como salir cada tarde a la terraza con una taza de té cuando diera la hora de empezar a comer y observar por la ventana, furtivamente, cómo la familia del piso de enfrente, tan parecida por lo demás a la mía, se abalanzaba sobre sus platos voraz y callada. O almorzar a base de los pastelillos que las panaderías inventan para hacer más variado el desayuno vespertino, y que los fieles se llevan a casa en cajas que no abrirán (como uno de esos regalos de cumpleaños, tan ilusionantes, que se guardan en el armario semanas enteras) antes de la puesta de sol.

Mañana me voy por unos días, así que no viviré in situ la recta final del Ramadán. (No sé si me da pena o me alivia, estoy a ver si me decido). De modo que considero cerrado mi mes santo, y antes de echar una última mirada a la cena de los vecinos, quería contároslo, como el que pone un punto y final.

Pero como todo eso del “cómo se vive” ya lo tenéis un poco visto, he pensado que voy a ahorraros obviedades. Me dejo de relatos y retratos y os cuento, simplemente, diez cosas que aprendí del Ramadán.

Así, con su ambigüedad: del Ramadán. Tanto acerca de él como gracias a sus cuitas.

(Nota: ni el tiempo ni los ánimos me han bastado, esta vez, para hacer fotos. Cada tarde tuve ganas, pero cada tarde lo dejé pasar. También es cierto que no habrían servido de mucho: una foto de una calle vacía a las siete de la tarde es sólo una foto sosa que no tiene mucho que ver con la sobrecogedora sensación de pasear por una calle vacía a las siete de la tarde, y nada en la de un puesto de panes indica que no os engaño sobre qué mes es. Pero si alguno tiene realmente sed de imágenes, tengo una buena noticia: siempre todo hay quien lo ha hecho ya. En este caso, eso quiere decir que podéis ir alternando con este enlace si os apetece sazonar mi decálogo con notas de color: fotos que parecen hechas en sueños. )

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Ésa que

Hace ya algunos meses que recibo cada día un poema (o unos cuantos) de parte de Poezibao.

Algunos días me gustan tanto que inundo las bandejas de entrada del correo de mis amigos dándole a FW.

Y otros, como hoy, me gustan tanto, tanto, tanto,  que dejo todo lo que estoy haciendo (y anda, que será por cosas que hacer) para ensayar una traducción veloz y pedirle a este gato que os la vaya a cantar.

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La shisha perdida

Los caminos de los medios son inescrutables. Con esto de trabajar para una agencia, se acaba entendiendo bien hasta qué punto. A veces, uno escribe un reportaje que le parece totalmente prescindible, una noticia anecdótica, una crónica de no mucho interés, y unos cuantos periódicos se hacen eco, una cantidad exponencialmente mayor de páginas web la copia al instante, y google devuelve cientos de resultados cuándo se le pregunta qué tal destino tuvo el escrito.

Otras veces, un trabajo currado no obtiene ninguna repercusión. Pero en fin, eso ya lo sabíamos.

El caso es que a veces se entiende bien por qué. Lo que vende y lo que no, esas cuestiones. Las palabras clave y las afinidades de cada cual. Pero otras veces no. Otras veces ocurren cosas de lo más inesperado y uno deja de entender. Las normas aprendidas de lo que sí y lo que no se resbalan, y perdemos la porra que habíamos hecho contra nosotros mismos. La entrevista con filón se queda fuera y la crónica sobre váteres sucios triunfa que no veas.

Pero lo que nunca, nunca, nunca, me había pasado todavía, es que nadie, pero que nadie, nadie, comprara uno de los textos que sacaba por aquí. Ni siquiera adn.es o terra.com, bajo cuyo nombre parecen esconderse robots que suben inmediatamente a sus bases de datos toditotodo lo que pasamos al hilo de la Efe.

Y de una manera tan inesperada, además.

No me malinterpretéis: en general me da exactamente igual que se publiquen o no. En el top three de mis trabajos preferidos no ha habido ninguno que se vendiera bien.

Es por genuina extrañeza por lo que os lo cuento. Vamos, que yo pensaba que esta era “de las que sí”, que habría apostado por ella en la carrera de perros de las entradas de google.

Y mira, no. Y aunque sólo sea por eso, de pronto la quiero un poco más.

Así que nada, pasado un tiempo prudencial, por aquí os la dejo.

Porque me parece que, a su manera, también cuenta un poquito el país, como un pequeño Aleph de esos que me gustan.

(A ver si va a ser eso.)

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