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RABAT (un viaje en tres tiempos)

En medio de la vorágine de las negociaciones, las entrevistas y los inciertos cortoplazos, me escapé tres días a Marruecos. Insólito hasta para mí. Tenía una cita cerrada hace más de un año para participar en el encuentro de celebración del cincuentenario de Souffles, una revista de poesía y política sobre la que hace algún tiempo me dediqué a investigar.

Antes de irme, no quería irme. Me decía un amigo que era como la rana de la fábula, que metida en una olla de agua que se va calentando progresivamente, cuando hierve ya está tan cómoda dentro de la sopa burbujeante que ni aunque se esté escaldando quiere salir. Me parecía dramático alejarme de mis obligaciones siquiera por tres días.

Cuando no estamos en un lugar, nos parece que no existe. Incluso cuando estamos, nos cuesta creer que vaya a seguir existiendo (sus calles, sus vidas cruzadas, sus temporales) cuando nos hayamos ido.

Yo estaba aquí y Rabat no existía. El lugar que fue el escenario de mi vida durante un tiempo crucial era en mi cabeza una ficción o un sueño. Era jueves por la tarde y los equipos de negociación de Podemos y del PSOE se reunían para ver cómo seguir avanzando en este camino de obstáculos. Como cada día correteábamos entre cámaras y apretadas agendas, aceleradas ranas en la olla hirviendo.

Cuando, horas más tarde, esperaba el tren en la estación de Casablanca, lo que no existía eran esas mesas de negociación.

Dice un poema de David Eloy Rodríguez: “La poesía vista desde el espacio se ve chiquitita / (…) Los veredictos, tu currículum, el presidente… no se ven”.

*  *  *

Este es un viaje en tres tiempos:

El aquí borgeniano de mi día a día interrumpido por la escapada.
El allí de hace cinco o seis años, cuando Rabat significaba casa.
El allá de 1966, cuando lo que celebramos se conjugaba en presente.

Toda la vivencia está atravesada de esa dicronía.

*  *  *

Al llegar a la ciudad, los pies te llevan solos, aunque en realidad la cabeza no siempre recuerda. Lo ves todo distinto, de algún modo. Se hace inevitable una pregunta: ¿La que es distinta seré yo?

*  *  *

Pero no, no, mira: está por ejemplo el tranvía. Antes no existía y ahora es posible ir en pocos minutos de un barrio a otro. Que es como decir: el centro y el afuera se relativizan.

Tengo también la sensación de que hay más semáforos. Menos basura. Hasta la medina me parece más ordenada y más silenciosa. Pienso en un primer momento que es quizá porque por comparación con mi actual vida todo parece orden, pero luego me dicen que no es tan subjetivo: el nuevo Gobierno ha expulsado a los vendedores sin tienda, a quienes solo extendían su manta o llevaban su carrito. Ahora todos intentan sobrevivir extramuros. En todo caso, me extraña ver por las callejas del zoco carteles en plástico de tiendas que ya no son familiares, cajeros automáticos incrustados en el adobe.

Veo sin duda más velos.
Creo ver menos abejas en torno a los pasteles que se venden en la calle.

No quiero caer en la melancolía que solo puede permitirse el turista.
La única pregunta posible para un pueblo que se ama quizá sea: ¿vivís mejor o vivís peor?

*  *  *

En las vacaciones de Semana Santa tomé la decisión, seguramente errónea, de no salir de Madrid. En mis cuatro días libres soñaba con la calma que permite leer y escribir, con pasarme mañanas enteras en pijama dejando las horas pasar. No funcionó. Mi cabeza de rana en agua hirviendo se volvía loca con la inacción, la ansiedad visitaba la casa para quedarse.

Cuando pisé Marruecos, cuando me llegó al cuerpo su guirigay dulzón, su calor húmedo, su incertidumbre lenta, algo dentro se calmó.

¿Será mi extraña costumbre de sentirme más tranquila en los lugares desordenados?

O tal vez solo el hecho de no tener Internet en el teléfono móvil.

*  *  *

No tener Internet en el teléfono móvil: y de inmediato la compulsión de escribir.
Saco la libreta y el boli y empiezo a anotar las ideas que luego serán este post.

Desde que regresé no he vuelto a hacerlo.

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Sí: al llegar a la ciudad, los pies te llevan solos, aunque en realidad la cabeza no siempre recuerda. Y una sensación se impone: la de que entonces, con menos años y menos camino hecho, era una persona más segura. Hay ahora miedos nuevos, intranquilidades que le parecen absurdas a quien era antes.

Otra pregunta, algo desasosegante: ¿será que lo que te falta fundamentalmente es el amor aquel que entonces sí había, luz y brújula de cuya mano cualquier lugar era un lugar a salvo?
Qué manía tienen los espacios y los tiempos de quedar marcados por quien acompaña.
En todas las esquinas de Rabat reaparece, como un sonriente fantasma, alguien que ya no está.

*  *  *

Cuerpos, cuerpos, cuerpos. Siempre lo he dicho, y me reafirmo. Este país está, digan lo que digan, lleno de cuerpos. Cuerpos tullidos o cuerpos tapados o cuerpos que seducen o cuerpos que tropiezan o cuerpos atentos para no ser arrollados al cruzar la calle. Pienso en cómo explica Santiago Alba Rico la diferencia entre el cuerpo-cuerpo (ese artefacto vulnerable y diverso que somos) y el cuerpo-imagen en que lo hemos convertido en Occidente. Cuerpos con sus chilabas y sus zuecos y sus chanclas y sus pijamas en la calle, paisaje en el que cuerpos vestidos a retazos son disconformes sin saberlo, orden estético roto por la normalidad de lo múltiple.

*  *  *

Y el cuerpo de una: además de los pies, recuerda el cuello. Yo sin embargo había olvidado aquel gesto automático que me hizo sospechar que era hora de volver: el de caminar con la cabeza baja al cruzarse con hombres por la calle.

*  *  *

Cincuentenario de la revista Souffles. Reunión de encuentro de quienes protagonizaron la aventura. Quienes siguieron avanzando juntos, quienes abandonaron cuando la cosa se puso fea, quienes fueron encarcelados, quienes no han parado de hacer.

Y estamos, no del todo dentro y no del todo fuera, quienes nos hemos agarrado a su legado décadas más tarde, quienes nos hemos reconocido en sus empeños y seguimos resucitando las preguntas que dejaron lanzadas.

¿Cómo estar en un lugar así? ¿Qué decir cuando te toque hablar? ¿Cómo no reproducir clichés? ¿Cómo sumar al diálogo?

*  *  *

Son tantas las miradas posibles sobre un solo, pequeño objeto…

Cada quien ve desde su ventana.

Están Thomas y Anne, que cuentan por qué adoptaron la minuciosa tarea de digitalizar una revista antigua.
Está Abdoun, que se va por los cerros de Úbeda con algo que parece provocación pero es en realidad un delicado entusiamo.
Está Teresa, nada hispanófona pese a su nombre, que traduce el lenguaje de estos marroquíes a la sangre de las Panteras Negras.
Está Naget, argelina cartesiana que llora al recordar ausencias.
Olivia, que piensa en Palestina.
Azelarabe, que tartamudea teorías poscoloniales.
Está Susanne, que habla de bildungsroman.

Es fascinante cómo cada cual ve lo que quiere en cada cosa.

En las pausas-café, nunca sabes si la persona con la que hablas es un héroe cuyo nombre desconoces.

*  *  *

Llega mi turno y no puedo sino contar mi verdad. Les digo que yo ya no estudio nada de nada, porque me he metido en un buen lío: y que cómo no me van a entender. Les digo que lo siento, pero cincuenta años más tarde aún no hemos logrado desembarazarnos del capitalismo. Les digo que sus palabras siguen latiéndonos dentro, hasta a quienes no las conocen. Les digo gracias.

Cuando termino, celebran mi ponencia diciendo que es muy madura e interesante para mi edad.
Abro mucho los ojos pero no me atrevo a señalarles la paradoja:

Señores, cuando ustedes tenían mi edad ya habían hecho todo lo que hoy estamos celebrando. 

*  *  *

Sí: cuando Abdellatif Laâbi tenía mi edad (“unos meses antes de cumplir los treinta”, dicen los biógrafos), un grupo de policías armados entraron en su casa. Tardó ocho años en volver.

Escribió, más tarde:
“El poder que había organizado esta parodia de justicia también vinculó mi rebelión de intelectual con mi compromiso político. En eso no se equivocaba. En la lógica de la tiranía ese deslizamiento era particularmente peligroso. Mi condena a diez años de prisión [finalmente fue liberado antes gracias a la presión internacional] por estos ‘crímenes’ no era, por lo tanto, desproporcionada. Era el tiempo que consideraban necesario para neutralizar un pensamiento, poner a la sombra a un mal ejemplo y romper una vida”.

Cuando Abdellatif Laâbi tenía mi edad, había hecho lo mismo que yo hago: escribir y hacer política.
¿Qué haré yo en los próximos ocho años?

*  *  *

En los recesos del encuentro, voy a pasear a la ciudad. Hago un extraño peregrinaje.

Aquí vivía Azahara. Aquí vivían casi todos.
Aquí me puse enferma un día.
Aquí entrevisté a aquel sociólogo para un tema que no salió.
Aquí solía comprar flores.
En este museo vimos la estela de la mujer prehistórica que miraba la estrellas.

*  *  *

Decido, la noche del segundo día, visitar mi casa. Es extraño pero precisamente en este camino los pies me fallan. Me desoriento y en un cruce no sé qué dirección tomar. Las calles de mi camino habitual me parecen oscuras, me dan miedo. Me pregunto: ¿el miedo no será a olvidar lo que nos constituía? Logro llegar. En el balcón hay flores y un tendal. No puedo sostenerles la mirada demasiado rato. Junto al portal ya no está la cabina telefónica a la que bajaba cada noche. “Ya no hay cabinas en Marruecos”, generalizo. Teorizo para no llorar.

*  *  *

Llevo dos años presentando un libro que habla de todo esto. Creo que ya no sé qué es “esto” y qué el libro. Cuando me subo a un tren que va hacia Marrakech, abarrotado de vida como de costumbre, me agarro a mi propio poema para entenderlo.

Pero recuerda, me digo, las palabras son el mapa, no el territorio

*  *  *

Y la lengua que retorna. Mi árabe torpe se viene a la boca para pedir un té, para preguntar cuanto es, para saludar, para sonreír en silencio.

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El tranvía también dice esto: aquellas obras que tanta lata nos dieron han dado su fruto ahora que ya no estamos… Tanto ruido, tantos socavones, tantos desvíos, para vagones que corren flamantes por una ciudad que no parece existir desde este ahora tan distinto.

Como nuestro paso por este mundo, quizá.

*  *  *

Hay también algunas cosas que ya no sabré ver igual. Se me había olvidado que aquí la propaganda electoral era así: las agrupaciones locales pintan su símbolo con plantillas en el espacio que se les reserva en uno muro.

Antes lo veía como pintoresquismo, como elemento del paisaje.
Ahora, sin embargo, me digo: qué buena idea, así se llega a los sitios más recónditos sin gastar en cartelería. 

*  *  *

El bar del hotel Balima ha desaparecido. Me pregunto si tiene que ver con que tenía la poco habitual costumbre de servir cerveza en la terraza y estaba enfrente de la sede del Gobierno, que ahora ocupa un partido islamista.

Me digo que no es, en cualquier caso, un buen presagio.

*  *  *

El lugar donde a veces desayunábamos no ha desaparecido, pero en vez de “Marina D’Or”, ahora se llama “Zumba”.

Sentada en la terraza de sillas ajadas orientadas todas de cara a la calle, disfrutando de mi khaoua bil khalib  y mi rghaif bil frumaj, en el último ratito de paz antes de salir hacia el aeropuerto, una escena me sorprende. Una pareja joven llega en un Toyota enorme, blanco. No se bajan. El camarero sale, hablan. Esperan. Les trae envuelto en papel de plata un desayuno muy similar al mío. Protestan algo. Entra, sale con más azúcar. El coche arranca.

Comida tradicional con formas de McAuto. Disfrutar los sabores de la abuela sintiéndose, supongo, más parecidos a lo que se ve en televisión.

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Durante todo el congreso, la inevitable pregunta: Y nosotros, ¿dónde estaremos en cincuenta años? ¿Qué tendremos para celebrar? 

En el recital de cierre, se desgranan los nombres de los muertos. ¿Quiénes faltaremos? ¿Qué habrá ocurrido?

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En mi noche libre, quiero comer en algún lugar que fuera emblemático para mí. Busco nostálgica un lugar con suficiente peso en los símbolos.

De algún modo, acabo cenando en cualquier parte, en un snack desconocido en el que resucito apenas la costumbre de mirar si hay mujeres dentro, antes de entrar.

Tal vez ese “cualquier parte”, esa deriva, era lo realmente emblemático.

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No fui capaz de comprar nada en la medina. Bloqueo ante los souvenirs. Pero me traje unas cuantas frases anotadas en el cuaderno, como miguitas de pan para el camino.

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Mostapha Nissabouri: “Nada estaría entero si no estuviese desgarrado”.

Abdellatif Laâbi: “Siempre he sido más un caballo de tiro que un caballo de trote”.

Zakya Daoud: “De aquel tiempo recuerdo sobre todo la risa”.

Guy Degas: “No fue la ideología de los poetas la que creó esta revista. Fue hacer la revista lo que llevó a los poetas a la ideología”.

Rim Laâbi: “Hay pertenencias que se revelan como una tarea”.

Toni Maraini: “Había cosas que decir y  las decíamos como fuera, con urgencia. Eso también era nuestro estilo”.

Abdellatif Laâbi: “Éramos a la vez conscientes e inconscientes de lo que hacíamos”.

Jacques Alessandra: “La cólera es hermosa cuando es justa”.

Bernard Jakobiak: “El poema es posible aún, pese a la poesía sacralizada y pese a la filosofía tentada por el nihilismo”.

Zakya Daoud: “La energía y la audacia sustituían para nosotros a los recursos que no teníamos”.

Azelabe Lahkim Benani: “La minoría se define sobre todo por la amplitud de la injusticia”.

Malek Alloula: “Hemos abandonado el pasado / El bosque avanza /¿Quién podrá pararlo?”

Rim Laâbi: “Si no lo evitamos, no percibimos sino clichés”.

Touriya Filli-Tullon: “El enfoque de generación implica no solo hablar de memoria sino también de olvido”.

Safoua Babana-Hampton: “Lo bueno de la palabra herencia es que evoca a la vez el pasado y el presente”.

Toni Maraini: “Resistir es ir hacia delante”.

Mohammed Ismaïl Abdoun: “La libertad regala libertad a otros”.

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Un viaje en tres tiempos:

Aprender a regresar.
Aprender a recordar.
Aprender a continuar viviendo, después de las cosas.

2 thoughts on “RABAT (un viaje en tres tiempos)

  1. Sukran hujti! Qué placer leerte y disfrutar de tus pasitos por Rabat…mi reino por haber caminado a tu lado estos dias! Gracias por compartirlo y contarlo con tus palabras, siempre sabias y bonitas.
    Busa kbira

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