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UN PAÍS CON BANDERA BLANCA

No sé que me pasa últimamente con los momentos históricos. Es como si ya no se me arreglara llegar a un lugar sin que sea tiempo de excepción, como si no me pudiera ser dado vivir cotidianeidades. En mi día libre para visitar Bogotá, al paseo por La Candelaria le marcaron el ritmo voladores y batucadas. En la Plaza Bolívar, epicentro de la ciudad, una gran fiesta popular esperaba a que las pantallas gigantes empezasen a retransmitir la firma del acuerdo de paz que, desde la ciudad de Cartagena de Indias, marcaría el final de un conflicto, ya sabéis, que lleva condicionando la vida de este país los últimos cincuenta años.

Los periódicos pueden dar medida de la importancia de un hecho, pero hace falta piel para entender realmente su trascendencia. Desde que llegué aquí, entendí hasta qué punto esas palabras, “acuerdo de paz”, que en los titulares europeos se repiten con la monotonía que solo puede concederse a los males de otros, eran algo con mucho más hondura que un mero proceso político. La primera vez que escuché sobre el tema aquí fue en tono de broma. “La palabra de moda”, dijo alguien, para referirse a la paz como tema monográfico de una revista de estudiantes. En los días siguientes pude corroborar que es así. “Paz” en carteles, “paz” en grafitis, “paz” en la tele, “paz” hasta en la publicidad de un gimnasio que sugería que a lo mejor no es mal momento para, ya puestos, ponerse en forma.

Pero la palabra “paz” me sobrecoge sobre todo en dos lugares: las ventanas y las conversaciones. Observo, con cierta familiaridad en el asombro, que no se habla de otra cosa. La mesa de al lado, la radio del taxista, los poemas que se leen, la deriva de la ronda de cervezas. Esto es normal, claro: cómo no va a ser el tema recurrente, el tema permanente. Pero lo que me parece vertiginoso es pensar que, seguramente, hace no tanto, estas conversaciones eran casi impensables. En un país polarizado y con una memoria nítida de la violencia imagino más bien conversacion eselusivas, posicionamientos prudentes, alguna versión local del “hijo, no te signifiques”. Por eso, también, las ventanas: cada vez que veo en una un cartel apoyando la campaña del “sí”, me visitan un escalofrío y una sonrisa. De algún modo, la palabra “paz” parece signifcar, en este contexto, “miedo vencido”.

Sin embargo, no puedo evitar pensar en aquel poema de Fernando Beltrán: “La palabra paz es la palabra / más triste que conozco. / Se pronuncia con ojos de metralla / y demasiado miedo”. Pensar en aquel poema de Wislawa Szymborska: “Después de cada guerra / alguien tiene que limpiar. / No se van a ordenar solas las cosas, / digo yo”.

Pero ahora no es momento para estos matices. Aquí los ánimos están arriba. Es reconfortante sentir (viniendo una como viene de un entorno en caída libre de las ilusiones) que la mayoría de las personas con las que se habla transmiten en la conversación un optimismo con motivos.

Así, el espíritu de ayer en la Plaza Bolívar era de fiesta. La esquina norte albergaba un carnaval: trajes de colores brillantes, zancos, ritmos de cumbia y tambores. Volaban globos de colores sobre el Palacio de Justicia, como queriendo limpiar su recuerdo sangriento. Las pantallas transmitían un coro, un grupo de mujeres, madres de desaparecidos, que han dejado de vestir de negro y ahora, con túnicas blancas, modulan los cantos a tono mayor. Las palomas que vuelan sobre la estatua resignificada del libertador son tan grises como las de todas las ciudades, pero hacen círculos como sabiendo que es el día en que se convierten en símbolo. De pronto, cuando se transmite la imagen de bolígrafos que firman un cambio de época, los miles de personas reunidas en la plaza se lanzan a corear “Sí se pudo”: pienso en tantas veces en plazas nuestras, extraño a mi gente y se me escapa un lagrimón.

Cuando la presentadora de la ceremonia desgrana los nombres de autoridades asistentes y de presidentes que han ayudado al proceso, la inercia me lleva a inquietarme cuando la plaza lanza vítores a Chávez, los Castro, Maduro. La parte de mí que está siempre de guardia piensa en titulares malintencionados hasta que se acuerda de que, emociones aparte, no estoy en casa. He aprendido, eso sí, que aquí los medios agitan fantasmas parecidos a los de nuestro país: que si “castrochavismo”, que si “esto se va a convertir en Venezuela”. Me hace gracia la globalización de las estrategias del miedo. Aunque lo cierto es que la plaza también vitorea a Macri, a Peña Nieto, a Juan Carlos I (presentado como rey de España).

Si pienso en términos de transversalidad, estos días he aprendido bastante. La plaza está llena de gente de toda clase. Hippies y punkis, familias, ancianos solos vestido con su traje viejo y enjugándose las lágrimas, el hombre de corbata que lleva una paloma de la paz hecha con globos. El otro día alguien me lo explicaba muy bien: el proceso de la ciudadanía ha pasado por aceptar al presidente Santos, por mucha rabia que les diera, en pos de un bien mayor. Ha pasado por ceder en ideologías entendiendo que lo urgente es emprender un camino común, para luego poder irlo matizando.

Si pienso, entonces, en términos de realpolitik, solo puedo quitarme el sombrero ante las inmensas dificultades que tienen que haber enfrentado los negociadores de ambos bandos. Cosa seria, las renuncias y concesiones que se han debido poner sobre las mesas. Cosa complejísima, las contradicciones que se han debido cabalgar. Veo una asociación de víctimas que ha distribuido por el suelo fotos de muertos y claveles blancos junto a un gran cartel que dice sí. Apenas si puedo imaginarme cómo habrá sido, a todos los niveles, la deliberación que ha traído aquí. Me pregunto si nosotros sabríamos, cuando tanto nos enredamos en dificultades más pequeñas. Presento silenciosamente mis respetos a todo el mundo, todo el tiempo.

Pienso también a ratos en términos de comunicación, y entonces lo flipo. Si lo vemos como evento mediático, este acto de firma de la paz es el acto de campaña perfecto. Al fin y al cabo no hay que olvidar que la paz, ya firmada, debe ser refrendada en las urnas el próximo domingo. Presentar como hechos consumados (ante los ojos del mundo entero y en presencia de las autoridades más legitimadoras de Occidente) un proceso en curso, es la genialidad que todo asesor querría que se le ocurriese. Esta ceremonia es el gran acto performativo. Tomo muchas notas.

Es difícil de entender, esto de que la paz se someta a referéndum. Durante todos estos días, he estado preguntando sobre todo cuáles son los argumentos del “No”. Entiendo enseguida que lo defiende la derecha más recalcitrante, con lo que ello tiene siempre de pregnancia en el voto de ciertos sectores populares. En un principio solo logro averiguar que los argumentos (“no son argumentos, son sentimientos”, me explica alguien) se articulan en términos de ley del Talión: la idea de que no se puede dejar ni un resquicio de impunidad al dolor causado, el miedo a qué pueda ocurrir con el paso de la guerrilla a una forma de partido. Voy poco a poco hilando más fino para comprender que la pregunta real, más allá de los término concretos del acuerdo, es si se acepta o no una solución política a un conflicto latente. El acuerdo no como solución sino como camino. En ese marco, los partidarios del No serían los representantes de un statu quo con demasiados intereses en juego como para permitir lo que en el fondo supone un cambio de modelo de país para insertarlo en el mundo contemporáneo. Hablamos de guerra y de paz, pero en el fondo, también hablamos, claro, de dinero. Viejas oligarquías frente a sectores emergentes, la historia de siempre. Hablamos de paz, pero al fondo late la idea de que un país en conflicto no es un buen socio en el teatro de la economía mundial.

Así, se hace evidente que es a partir de ahora cuando se dirimirá el modo en que se construya esta “nueva Colombia en paz”. Ahí es donde cobra sentido la entrada de la antigua guerrilla en el juego político institucional: las formas de organización social y económica que tienen en mente los firmantes del acuerdo no pueden diferir más. Y ahí es donde esa sociedad civil ilusionada con el sí tendrá que ponerse manos a la obra para que “paz” no signifque “neoliberalismo”, “extractivismo”, “pensamiento único”.

Desde Cartagena ondean banderas que a la tricolor han añadido una franja blanca. El himno (“en surcos de dolores / el bien germina ya”) se canta con sgnificados renovados, y la plaza en pie. No sé cómo es de evidente, pero se me ocurre que en el diccionario de este nacionalismo esperanzado la palabra “país” debería signifcar “tarea de construir”.

La mayor sensación de momento histórico la tengo cuando las pantallas proyectan el discurso en Cartagena del hasta ahora comandante de las FARC, Rodrigo Londoño, ‘Timochenko’, vestido con camisa blanca y aire de estadista. Vuelvo la mirada hacia la asociación de víctimas, la de los claveles por el suelo: atienden, en silencio, su discurso que no cede un ápice en lo ideológico, pero hace sin ambages la cesión táctica paradigmática. El aire está cargado de dolor, pero se produce una muestra casi milagrosa del poder de las palabras. Santos reconoce el valor de la lucha del que “fue su más enconado adversario, a quien combatió por todos los medios”, y hace una promesa: “Ni un guerrillero más resultará muerto o mutilado”. Timochenko pide perdón por el dolor causado y promete otra cosa: “Allá donde ponga un pie un guerrillero tendrán un hombre humilde, sereno, entregado al diálogo”.

En ambos casos, la plaza aplaude con fervor, pero no se ven risas de júbilo. Apenas sonrisas a medias, ojos humedecidos. Son muchas décadas de desconfianza mutua como para que la alegría no se tiña de prudencia.

En alguno de los discursos de la tarde, alguien dice: “Lo que gana hoy Colombia es un futuro en que exista la posibilidad de que todos puedan participar en política”. También el antiguo comandante explica: “Dejamos las armas pero a cambio el gobierno se compromete a dejar de emplear la violencia como instrumento político”. En estos días de conversaciones e indagaciones, lo que más me intentaban hacer entender las personas con las que hablaba es que, más allá de las formulaciones concretas, lo que el acuerdo supone es un cambio de lógica que poco a poco debe ir permeando la sociedad. Un modo distinto de relacionarse, de comprender las circunstancias y afrontar las  discrepancias, desde el nivel macro hasta lo más cotidiano. Varias me ponían el mismo ejemplo: alguien que, ante los desacuerdos cotidianos, dice: “si el Gobierno y las FARC se han entendido, ¿cómo no nos vamos a entender tú y yo?”

Mientras salgo de la plaza, arropada por un marea de gente que vuelve a su vida como siempre ocurre pese a todo después de los “momentos históricos”, pienso en que esa actitud es el regalo que les quiero llevar de este viaje a los compañeros del mío propio. Cuando me asalta el temor que esta ciudad siempre causa a la hora de volver a casa por la noche reformulo ya mismo la frase para mi propio provecho: “Si esta gente fue capaz de vencer el miedo para estar en esta plaza, ¿cómo no vas tú a regresar tranquilamente hacia el hotel?”

Pero el miedo, amigas, amigos, tiene una extraña cualidad de permanencia.

Hubo, durante la tarde, una anécdota curiosa, quizá la que más se me queda grabada en el corazón de toda esta vivencia. Cuando Timochenko acababa casi su discurso, nombrando las mariposas amarillas de García Márquez, se vio interrumpido por un inesperado ruido de avión despegando. Un ruido sordo e inquietante de bombardero cogiendo altura a toda velocidad. El hasta ahora comandante enmudeció, se le quedó congelado el gesto. La plaza entera, os lo prometo, se quedó en silencio. Yo misma contuve la respiración.

En apenas unos segundos el avión empezó a hacer piruetas, se hizo evidente que era un vuelo de exhibición. Un festejo ciertamente extraño que dado el contexto no deja de parecerme una ironía macabra. Algo parecido debió pensar Timochenko, que respiró y, unos segundos más tarde sonrió, o rió casi.

La diferencia entre aquel gesto y esa risa es quizá lo que significa, por su parte, que un país enarbole la bandera blanca. El tiempo de espera entre ambos, nombre del miedo, tardará en desaparecer. Y es en ese interín, quizá, en el que se juega todo.

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