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ELECCIONES CATALANAS. DÍA 7 DE CAMPAÑA – Las gafas del periodista chino

Algunos días, cuando miro a los periodistas que nos siguen teclear frenéticamente en sus portátiles, me gusta hacer un juego. Salir por un ratito de mi actual rol y preguntarme qué escribiría yo si estuviera cubriendo esta campaña. ¿Cómo lo enfocaría? ¿Qué haría, para intentar contar, para tratar de hacer entender (casi vivir) lo que está ocurriendo  aquí?

El mejor profesor de redacción periodística que tuve durante la carrera nos propuso una vez un ejercicio divertido que se me viene a la mente en estos días. Había, precisamente, otras elecciones catalanas. Y nos pidió: “haced una crónica como si fueseis un corresponsal de un periódico chino, que tiene que hacer que lo comprendan sus compatriotas”.

El ejercicio nos salió terriblemente mal a casi todos, pero me guardé la enseñanza de lo difícil que resulta salir de lo que sabemos. Ponerse las gafas del “periodista chino” no es sino un modo de quitarse de la mirada las opiniones preconcebidas, intentar no ver lo que de antemano se quiere ver.

Así que a eso juego, en los ratos muertos de este viaje. Me pregunto: si yo fuera ese periodista chino que viene a cubrir Cataluña, ¿qué vería en esta campaña? ¿Cómo haría para contarlo?

Supongo que empezaría, como todo corresponsal (y aunque sea quizá la peor idea si lo que se quiere es dejarse medianamente limpios los ojos de ideas preconcebidas), por pegarme un buen atracón de periódicos y telediarios, para hacerme el mapa.

Iría viendo, entonces, que el protagonista de la campaña está siendo un señor cuyos desmanes todo el mundo conoce y todo el mundo parece haber olvidado. Un señor que no se presenta a presidente, pero que es presentado por todos como si sí. Este señor, que viene de un partido a todas luces conservador, ha puesto sobre la mesa un proyecto rupturista: nada menos que la independencia de su región (a saber, esa región que ahora celebra elecciones). Lo cierto es que no ha apuntalado ese proyecto con demasiados detalles. Nadie puede explicar con claridad de qué modo piensa llevar a cabo ese camino separatista, qué consecuencias tendrá en la vida de los ciudadanos o con qué contradicciones se enfrenta cada noche cuando se va a dormir y le da una vueltita más. Pero parece ser que ha encontrado la palabra mágica, esa que al pronunciarse roza el centro de las emociones. Y ha conseguido hacer que todo gire en torno a ella.

Tras esta primera impresión, iría pasando de canal en canal, si fuera ese periodista empeñado en hacer entender, y corroboraría que sí: que la palabra “independencia” es el centro en torno al cual rota todo lo que ocurre. Tendría conversaciones con los taxistas, los fruteros y los periodistas más enterados de la zona y todos me dirían lo mismo: que, en realidad, aquí no se está votando a un presidente. Que aquí se está votando si sí o no a esa palabra.

“¡Pero eso no puede ser!”, diría yo-corresponsal-asombrada, “¡pero si nada garantiza que este señor vaya a poder hacer lo que dice! ¡Si ni siquiera él mismo explica cómo será!” Y entonces mis interlocutores se encogerían de hombros, como diciéndome que al fin empiezo a entender.

Alguien me daría, quizá, una pista: “piensa que no hay nada mejor que tener un enemigo bien definido, que sea el que te impide hacer las cosas”. “¿Te refieres a España, no?”, preguntaría yo. Anotaría en mi libreta, para pensar más tarde: “Defiende el proyecto de independencia con tanta seguridad porque sabe que se lo impedirán. No da detalles porque su poder solo durará mientras se mantenga la ilusión. Si se llega a destino, está muerto. Cuanto más fuerte e intransigente sea su enemigo, mejor para él”. Algún otro alma caritativa me apuntaría otra pista: “Y viceversa”.

“Vale, vale”, me diría, antes de encender de nuevo la tele. En cualquier país esto se dice igual: “estrecharse la mano por debajo de la mesa”.

Pero también se me ocurriría, creo, otra cosa que también se dice igual en todaos los sitios: hay quien hace pasar por cosa suya lo que por naturaleza no puede ser de nadie. En mi empeño de traducir la realidad de aquí a mis lectores, buscaría supongo las raíces de ese sentimiento de pertenencia de lo uno y desapego de lo otro. Me iría a las librerías, a los cines, e indagaría en qué épicas y qué líricas se ha apoyado. Bucearía en la memoria de los más viejos del lugar para ver de qué modo los matices han ido modulándose según las décadas. Preguntaría a los niños qué les han contado en casa y en la escuela. Trataría de entender cómo funcionan las instituciones y qué consecuencias tiene para ellas llevar una u otra bandera. Aunque también, supongo, se me ocurriría ir a echarle un ojo a los presupuestos, las balanzas de pagos, los import y los export, las autopistas y hacia dónde van.

Si de todo ello sacara alguna respuesta, supongo que estaría un poco más cerca de comprender dónde se enraiza ese proyecto que se resume en la palabra “independencia”. Pero seguramente también surgiría ante mis gafas chinas una nueva pregunta: “¿si este sentimiento tiene tanta pregnancia, cómo ha podido capitalizarlo tanto un partido concreto?” Y tiraría del hilo: “¿En qué momento lo tomó por bandera? ¿Qué más pasaba en ese momento? ¿Cómo le respondieron?”

A lo mejor algo de eso me ayudaría a entender fenómenos curiosos que seguiría viendo cuando volviera a encender la tele. Por ejemplo, que ese señor, de marcada derecha y probada falta de honestidad según todos los canales, haya podido (al amparo de su palabra-tótem) no solo hacerse perdonar por un sector muy amplio de la opinión pública, sino, además, convocar con ella a todo un abanico de personas y partidos (algunos de marcada izquierda y probada honestidad) para una candidatura a la que no parece unir nada más que esa palabra. Y aun más: ha logrado también que el partido más lejano posible al conservadurismo y la indecencia, el de las ideas más puras y más altas, esté dispuesto a no impedir, aunque estuviera en su mano, la investidura como presidente del tal señor.

“Vamos a ver, vamos a ver”, me preguntaría, con mi desconcierto extranjero: “pero y si les fuera bien en su proyecto, cuando llegase el momento de construir un país, ¿qué pasaría? ¿En qué más están de acuerdo que en esta verdad inicial? ¿Qué tienen en común más allá de este empeño?”

Como también en las escuelas de periodismo de China dirán seguramente eso de que hay que dar voz a todas las partes en un balancín de blancos y negros, lo siguiente que haría sería irme a ver a quienes se sitúan en el extremo contario. Fijándome en ese lado, los telediarios me ofrecerían un panorama no menos entretenido. Básicamente, en el plato de la balanza que apunta al “No” vería partidos que no son construcciones locales, sino filiales regionales de partidos que funcionan a nivel estatal. Parece lógico. Pero a partir de ahí, comienza el cachondeo. Está por un lado el partido más denostado del país, el que ha llevado a los desatres y concita los odios. Y que aquí lleva como candidato a un tipo muy alto que tiene un pasado en el que abundan perlas de racismo y otras injusticias que nadie le recuerda. Está por otro lado un partido que si en el resto del país está en quiebra aquí ya está directamente en descalabro: aunque, espera, no es el mismo partido en realidad, sino una escisión regional pensada para decir lo contrario  que en España, aunque lo que se dice en España se parece mucho más a lo que podría gustar a sus votantes si se dijera aquí. (Vaya por dios. Ni siquiera hace falta ser chino para hacerse un lío con esto). Y ya por último, en ese lado del “No” está un partido que en España ha hecho colar la mentira fácilmente desmentible de que es nuevo, pero del que aquí se sabe que lleva cerca de una década en las instituciones: y se sabe lo que ha hecho, y se sabe lo que no. Pero al que aun así nadie quita la máscara y que asciende y asciende basándose (¡qué habilidad!) en no decir gran cosa e ir recogiendo a heridos de otras guerras.

No sé cuál será en China el cuento equivalente al del emperador desnudo, pero este sería seguramente el momento en que se mevendría a la cabeza.

Luego seguramente sería interesante abrir el zoom y preguntarse qué narices está pasando, al mismo tiempo, en esa España de la que esta Cataluña se quiere ir, porque algo tendrá que ver. Nos encontramos entonces con que allí habrá elecciones dentro de un par de meses, y con que en realidad aquí todo el mundo juega sus cartas pensando también en aquello. Ajá, esto tiene sentido. Resulta que esa España es un país en crisis, en miedo, en deuda, en hartazgo. Para el que también las próximas elecciones se plantean, en gran medida, como el plebiscito radical de decidir que todo siga igual o que por el contrario cambie. En el lado del cambio, un partido tan joven como enérgico que da tumbos, como no podría ser de otra manera, pero que no desfallece pese a todos los ataques.

¿Y ese partido opera, en esto de Cataluña? Pues claro que sí, que no nos falte de nada. Ese partido aquí se ha aliado con otros dos partidos que vienen a ser las filiales locales de otro partido con el que en España sin embargo no se junta. Ajá. Presenta a un candidato que no es de ninguno de esos partidos, pero sobre el que se genera un consenso que no se traduce en notoriedad mediática. Ajá. Y, por si fuera poco, cuando le preguntan si a la palabra tótem le dice “Sí” o le dice “No”, responde que considera que esa no es la pregunta.

Si yo fuera un corresponsal chino, en este momento saldría a tomarme una cerveza, francamente. Y en el bar preguntaría qué piensa la gente de esa posición. De ese decir que “ni sí ni no, sino centrémonos en otras cosas”. Mi instinto periodístico tal vez me haría pensar que puede ser que haya mucha gente que esté harta de ese debate y que quiera hablar de otras cosas: de medidas sociales, de modos de vida, de qué va a pasar en realidad. Me empeñaría quizá en buscar para incluir en mis notas declaraciones de alguna persona de la calle que me dijera algo así como: “me importa el nombre de mi país, pero me importa más cómo se construya”. Pero me temo que me encontraría, si lo intentara, con que poca gente diría esto abiertamente. Entendería que es con eso con lo que debe tener que ver ese alto porcentaje de indecisos que sale siempre en las encuestas. Pero me encontraría también con la sorpresa de que incluso quienes están hartos del debate quieren que todo el mundo se posicione en él a un extremo o al otro. Y que por eso este partido que en España defiende la ruptura y el cambio en todos los ámbitos, aquí se resiste a adoptar ninguna de las posturas contundentes. Aquí dice: “No importa que yo piense sí o que yo piense no, importa que les voy a permitir a ustedes decírmelo y que voy a respetar lo que me digan en la medida en que la realidad permita. Mientras tanto, les voy contando una serie de cosas que les propongo y que no dependen de que digan sí o que digan no, porque son cosas que yo defiendo en todo caso para todo país”.

Pero si os digo que esto a mí me suena sensato supongo que ya no puedo poner la mano en el fuego de que mi alter ego chino lo pensara. Supongo que aquí se me ve el sesgo. Pasemos a otra cosa, pues.

Me sorprendería también, en mi indagación en esta historia, el que en todos los partidos se esté viendo más a los cabezas del partido respectivo en España que a los líderes locales. Me preguntaría por qué.

Me tendrían intrigada las brechas de edad, género y clase que se ven en todos los gráficos. Estudiaría mucho para lograr bordar cada uno de esos hilos de color en una trama que dibujaría a su modo la Historia reciente.

Sentiría la necesidad de hacer muchos viajes. A las afueras de las ciudades, a los pueblos del campo, a las zonas de frontera con España por el oeste, por el sur, a las zonas de frontera con Francia, a las urbanizaciones de clase más alta de las grandes ciudades. Intentaría tener el mosaico.

Trazaría árboles genealógicos por doquier, y les incluiría un mapa como variable.

Iría a mitines de cada partido para ver con qué se pone en pie cada público, para ver qué nube acompaña con matices a la palabra totem, al sí y al no.

Pensaría en el día siguiente de estas elecciones. Haría un poco de política ficción para ver qué puede ocurrir en cada escenario. Y otro poco clavando la mirada luego algo más lejos: después de las elecciones generales de España. Trazaría la combinatoria de las posibilidades dibujando todos los escenarios posibles de aquís y allás, a ver qué pinta tienen.

Seguramente si yo fuera un corresponsal chino que tiene que hacer entender esta realidad a sus compatriotas, no vendría mucho a las convocatorias que mando yo, la responsable de prensa de uno de los partidos en liza. Haría mucha calle, intentaría entender a ese taxista extranjero que dice que a él le da igual todo eso de los síes y los noes, pero que en España votará al adalid de cambiarlo todo, y en Cataluña al señor alto de pasado racista. Entender a esa mujer intelectual que dice que ella es muy de izquierdas pero aquí votará a la derecha nueva porque al menos sabe lo que van a hacer. A ese hombre de negocios que en España vota al partido de gobierno y aquí al que lo denosta y quiere separarse.

Si yo fuera ese periodista, seguramente empezaría alguno de mis textos con una cita de alguna letra de ese cantautor tan libre siempre que de pronto se alinea con su antítesis. Haría fotos a las banderas de las calles, e intentaría explicar cómo suenan las cosas en cada una de las lenguas que se hablan aquí.

A mis lectores les pediría, en silencio, sobre todo una cosa: que no juzguen ni tomen partido demasiado deprisa. Esta es una realidad verdaderamente bastante enredada. Por eso se ajusta tan poco a las lógicas de titulares, a los tira y afloja del sí y del no. Aunque a algunos les convenga mucho que pensemos lo contrario.

Ah, gafas de periodista extranjero, cuánta falta hace que os vistamos todos. Que, en esto como en casi todo lo distinto, andamos bastante miopes en un lado y otro del río, viendo a menudo lo que ya teníamos en la mente antes de empezar a mirar.

¿Cómo se dirá en chino “pongamos un poco de sentido común”?

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