Nuevos orientalismos: retrato robot del ciudadano árabe en el siglo XXI

(Como anunciábamos, aquí una nueva entrega del par de posts que ideamos para nuestra clase de “Ideologías y expresiones culturales árabes”, bajo el encargo “Visiones neoorientalistas del mundo árabe”. Nos divertimos lo suyo, como veréis).

Fue Edward Said quien nos ayudó a entenderlo: nuestra percepción del vecino árabe estaba -está- fuertemente mediatizada por una serie de imágenes y discursos, por un continuo de tópicos que trazan en nuestro pensamiento una cuadrícula con una tinta difícil de borrar.

Oriente es menos un lugar que un topos, un conjunto de referencias, un cúmulo de características que parecen tener su origen en una cita, en el fragmento de un texto, en un párrafo de la obra de otro autor que ha escrito sobre el tema, en algún aspecto de una imagen previa o en una amalgama de todo esto

 explicaba.

Era en su libro Orientalismo, y Said tenía que comenzar a diseccionar el problema desde el principio. Así que fue a las primeras fuentes, las que consideraba inicio de la mala costumbre: las obras en las que intelectuales occidentales ofrecían su visión de ese otro mundo que era para ellos el de la ribera sur y oeste del Mediterráneo. A través de sus ojos, Oriente se convertía en un paisaje de odaliscas y sultanes, de camellos y harenes, de zocos y arabescos que inspiraban a la vez atracción y miedo.

De las descripciones de estos autores (en cierto modo de élite) que viajaban en audaces expediciones o, más sedentarios, recorrían los mapas desde sus bibliotecas, estas visiones pasaron al imaginario popular. El cine fue una buena ayuda. El advenimiento del turismo masivo y tematizado que se encarga de hacer que quien viaja encuentre lo que quiere encontrar completó la labor.

Esta imagen exotizante y novelesca, sin embargo, convive hoy con otra, no menos imperativa: la que es creada y constantemente recreada por los medios de comunicación. Ambas industrias, la que manufactura entretenimiento y la que empaqueta realidad, se alían en un perfecto equipo para crear imagenes prêt-a-porter de los ciudadanos árabes, que se convierten en un molde al que adecuar cualquier nueva información que se reciba sobre ellos. El propio Said lo advertía en Cubriendo el Islam:

El reportero se hace con lo que encuentra más a mano, normalmente un tópico o algún fragmento del conocimiento periodístico que no es probable que los lectores discutan.

Poco a poco, de lo milyunanochesco, las imágenes dejaron paso al terror. Las desoladoras guerras del Golfo, la poco entendida y siempre inquietante situación iraní, el fenómeno del terrorismo global y el modo en que todo ello venía a insertarse en las nuevas polaridades del mundo, fueron el alimento de un estereotipo de los árabes marcado por los caracteres negativos, llamando a la prevención y la alerta.

Pero estas imágenes, estos estereotipos construidos por medios y artes, no son inamovibles. También ellos están condenados a cambiar al ritmo de los tiempos. Y en los de la era de la información, ese ritmo es veloz.

Cuando estallaron las revueltas del pasado año, el molde se rompió. Lo que estaba ocurriendo ya no podía adecuarse al modo de presentar los países árabes que había imperado hasta el momento. No se ajustaba al sultán ni al terrorista, no se ajustaba al harén ni a la jaima, no se ajustaba al desierto ni al zoco. El periodista, obligado a la prisa, necesitaba -como había dicho en su día Said respecto a Chateaubriand- “reponer su provisión de imágenes”.

De la cobertura, no precisamente bien documentada, que resultó del reto, nuevos personajes se instalaron a vivir en el imaginario occidental sobre el mundo árabe.

Y como en una limpieza de las culpas pasadas, quienes creaban estas nuevas imágenes parecían estar cumpliendo, décadas después, con la versión actualizada de otra profecía de Said: la que acusaba al orientalista moderno de considerarse a sí mismo como “un héroe que rescataba Oriente de la oscuridad, de la alienación y de la extrañeza con las que él mismo se había distinguido convenientemente”.

En su novela La inmortalidad, el escritor checo Milan Kundera hacía un excurso sobre lo que él llamaba imagología, la ocupación de quienes modelan nuestro modo de percibir la realidad:

Los imagólogos crean sistemas de ideales y anti-ideales, sistemas que tienen corta duración y cada uno de los cuales es rápidamente reemplazado por otro sistema, pero que influyen en nuestro comportamiento, nuestras opiniones políticas y preferencias estéticas, en el color de las alfombras y los libros que elegimos, tan poderosamente como en otros tiempos eran capaces de dominarnos los sistemas de los ideólogos (…) El político depende del periodista. ¿De quién dependen los periodistas? De los imagólogos. El imagólogo es un hombre de convicciones y de principios: exige del periodista que su periódico (canal de televisión, emisora de radio) responda al sistema imagológico de un momento dado.

En lo que respecta a los árabes y musulmanes, este sistema imagológico ha vivido un nuevo giro. Si quedaban lejos las alfombras voladoras, no menos lejos están ya los cinturones explosivos. El estereotipo del ciudadano de Oriente ya no ese al que estábamos acostumbrados.

En 2010, la Fundación Tres Culturas publicó un exhaustivo y completo informe sobre la imagen del mundo árabe y musulmán en la prensa española. Este arduo trabajo que podría haber sido aplicable durante décadas, ha quedado confinado a los archivos por el desarrollo inesperado de la actualidad. Sus conclusiones, sin embargo, son esclarecedoras. Dibujan con nítidos contornos el retrato de un árabe que habitaba el imaginario colectivo hasta hace unos meses. Contrastarlas con los periódicos de hoy permiten esbozar un segundo modelo, siguiendo su misma plantilla.

Y ver, con claridad, a quién ha dejado paso Aladino al desvanecerse, cuáles son los retratos robot en los que Occidente ha encasillado a Oriente en el siglo XXI.

(Nota de las autoras: Un retrato robot, bien lo sabemos, no es una broma. Un retrato robot del perfecto terrorista ha llegado a ser usado como prueba culpabilizadora en procesos judiciales, un retrato robot es a veces suficiente para motivar un acto de violencia. Pero, precisamente por eso, pensamos que identificarlo puede ayudar a combatirlo. No se trata de tomárselo a la ligera: se trata más bien de la convicción de que, como dice el refrán, “entre broma y broma, la verdad se asoma”).

Antes de las revueltas el ciudadano árabe/musulmán….

  • Era iraní, iraquí, palestino o afgano.
  • De mediana edad, era padre o madre de familia.
  • Leía el Corán (y lo cumplía a rajatabla).
  • Cultura significaba para él la de sus ancestros: rituales, artes tradicionales, labores artesanas.
  • Lugar donde encontrarle: la mezquita.
  • Si tenía que votar, votaba islamista.
  • Si era mujer, iba bien cubierta: como mínimo, un hiyab. No salía mucho, y si estudiaba o trabajaba, eso ya era, en sí mismo, noticia.
  • O era un jeque o era pobre; o vivía en la opulencia o de la picaresca. Sin términos medios.
  • En cualquiera de los casos anteriores, emigrar a Europa o Estados Unidos era su perfecto plan vital.
  • El velo, Palestina y el honor de las mujeres se contaban entre sus principales preocupaciones.
  • Riesgos al salir a la calle: ser lapidada por un cruce de ojos, morir en un atentado.
  • Método de protesta: explosión kamikaze.
  • Si le escuchas, oirás: Allahu Akbar!

 

Después de las revueltas, el ciudadano árabe/musulman….

  • Es egipcio, tunecino o libio.
  • Es joven, soltero, universitario.
  • Lee facebook, twitter y la prensa occidental.
  • Cultura significa para él o ella rap, grafitis, poesía combativa, cine casi casero.
  • Lugar donde encontrarle: la plaza.
  • Si tiene que votar… sigue votando islamista.
  • Si es mujer, hace exactamente lo mismo que los hombres. Y con ellos. (O al menos pelea por conseguirlo).
  • Es de clase media, preocupado por tener un trabajo, una casa, un modo de mantenerse.
  • Si emigró, está deseando volver para participar en su revolución.
  • Alcanzar la democracia para su país es su principal preocupación.
  • Riesgos al salir a la calle: ser apaleado, detenido o interrogado por la policía.
  • Método de protesta: quemarse a lo bonzo.
  • Si le escuchas, oirás: As-shaab iurid isqat an-nidam!

4 thoughts on “Nuevos orientalismos: retrato robot del ciudadano árabe en el siglo XXI

    1. – That is one GORGEOUS portrait, Nick! Love how &#2sy6;ea21≱ you make it look, knowing the effort, equipment and expertise that comes behind it. Thanks for inspiring those of us way behind you in our journey!!!

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