Eco y elixir

Perdonen que no escriba demasiado. Pasan muchas cosas por aquí, pero estar en ellas es cansado, y cuando llego a casa no tengo demasiadas ganas de teclear.

Pronto, pronto.

Por ahora, lo que sí hago es leer. Mi concienzuda investigación en busca de poetas marroquís que me saquen el alma de sus casillas no da demasiados frutos por ahora (mi teoría es que no lo hará mientras tenga que reducirme a los que escriben en -o son traducidos al- francés). Sí encontré una revista, “Electron libre“, que se dedica a una curiosa selección, entomológica casi, de autores de acá y allá. Me llevé los tres números que había.

A mitad del primero, ya van varios coup de foudre.

Por ahora, aquí os dejo uno, el que más he releído. (Y aquí la versión original en inglés [que, como me temía, acabó por gustarme menos que la traducción al francés en que lo había descubierto en la revista. Qué le vamos a hacer.])

 ECO &  ELIXIR 2

Los taxistas de El Cairo me hablan en inglés.
Respondo, y dicen tu árabe es bueno.
¿Cuánto hace que estás con nosotros? Toda la vida
digo, pero nunca me creen.
Me hablan en farsi, me hablan en griego,
respondo montañas de oro y plata,
navíos fantasma navegando mares enfangados.
Y cuando me hablan en español,
digo moriscos y Alhambra.
Digo judíos rescatados por barcos otomanos.
Y cuando me hablan en portugués,
toda mi vida les digo, café, cacao,
indios y lanzas envenenadas.
Digo Alfonso rey de Bikong escribiendo
a Manuel para que libere a sus hijos esclavizados.
Y los taxistas de El Cairo me dicen
tu árabe es sorprendentemente bueno.
Entonces me hablan en italiano,
y les cuento como yací envuelto en vendas
a un mes de camino de aquí. Les cuento
campos en el desierto, alambre de espino, viudas
e hijas muriendo, camellos babeando enfermedad,
la arena que se extiende en un pozo sin fin.
Y dicen qué bien qué bien.
¿Cuánto tiempo has estado con nosotros?
Toda mi vida, pero nunca me creen.
Entonces me hablan en francés,
y contesto Jamila, Leopold, Stanley,
cestas de manos y pies cortados.
Digo el horror, batallas de Argel.
Y me hablan en inglés
y digo Lucknow, Arbenz. Digo índigo,
Hiroshima, continentes empapados en té.
Toco el ritmo de los sellos. Invoco
a la señora Cummings, cónsul de EEUU en Atenas,
digo Ishi, Custer, Rodilla Herida.
Y los taxistas de El Cairo me dicen
tu árabe es increíblemente bueno.
Ahora dinos la verdad, di la verdad,
¿cuánto tiempo has estado con nosotros?
Digo me llamo cachorro de león,
me apellido rama rota.
Canto “Happiness uncontainable”
y “fields greening in March”
hasta hacerme arena, cansado de tanta verdad,
y como de costumbre no me creen.
Entonces me llevan a través de los embotellamientos,
el aire arenoso, las estrechas calles llenas
de Pepsi y Daewwo y las caras chupadas
de los pobres. Y cuando llegamos, los taxistas
de El Cairo y yo hablamos todas las lenguas
del mundo, y hablamos y hablamos sobre
corrupción, desilusión, las oportunidades perdidas,
las jodidas obligaciones, las tarifas astronómicas.

(Khaled Mattawa [Libia, 1964])

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