Alguien que me quiere mucho ha estado en Córdoba y sólo me ha traído este poeta (I)

Aunque no voy a contaros muchas cosas sobre mi viaje al sur (yo siempre he sido una dama discreta), os he traído muchos regalitos. Tienen todos la forma del descubrimiento de nuevos versos por los que pasear. Que cada uno se quede el que quiera.

Empiezo, paradójicamente, por los de alguien que, aunque no estaba en el festival, ha escrito el libro que se lleva el difícil galardón de haber sido, de entre el montón que me traje, el primero que me eché al bolso. Con ustedes, Ewa Lipska. Tres poemas de Fresas blancas que me ha sido difícil escoger.

ESCOGEMOS LA LIBERTAD

Escogemos la libertad.
Nos alejamos de la orilla.
Los remos pesados y de lengua extranjera.
Nos cohíbe el habla.
Es el pueblecito de Neumarkt
a las ocho de la madrugada
los dueños de la libertad
reparten arenques.
Luces. Lucecitas. Alegres casas.
Un ciclista sonríe.
Compramos tinta.
Inspiramos aire de lavanda.
Llevamos la maleta con una correa.
Solitarios alpinistas
en un pico conquistado
.

 APRENDE LA MUERTE

Aprende la muerte. De memoria.
Conforme a las reglas de ortografía
de las palabras muertas.

Escríbela junto
como república o boca de dragón.

No la dividas
entre los muertos.

Eres un elegido de los dioses.
Aprende temprano la muerte.

El amor a la patria
también suele ser mortal.

Aprende la muerte
en el amor.

Aprende la muerte no sólo
para matar el tiempo.

El tiempo suele ser suicida
y cuelga durante horas en los árboles.

Pregúntate a ti mismo.
Pregunta en vivo.

ELLOS

Ellos se aman de tal manera que por este odio
capturan del aire las panteras de sus momentos
y en secreto las alimentan contra sí mismos
fingiendo un temblor para cazar mariposas.

Ella le dice a él: Creo en ti como
en un buque en alta mar. Y corriendo por la pradera
se siente tan segura como el plusquamperfectum
el tiempo más seguro.
Él mira a través de los ojos de ella los cuales aumentan
los lados malos y buenos de este mundo
a igual distancia de sus esbeltas piernas.

Ellos se aman de tal manera que por este odio
besan las líneas papilares de sus dedos
y hacen las maletas. En jaulas encierran
la memoria. Y echan la llave a una gota
de lluvia. Se oye un ruido en el fondo.
Y por este odio
se aman tanto que se entregan mutuamente
un ramo de tomillo como a la hora de la merienda
como si de forma totalmente inesperada
les hubiera invitado el rey Popiel y en un silencio loco
les hubiese ofrecido en fuentes todos aquellos ratones
que a él lo devoraron.

Puntualmente retrasados. Él y ella. Saben
que no viven en la época de Sebastián Bach.
Seguramente el ojo saltón de un pez les envidia
porque todo lo ven haciendo un guiño
.

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