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Algunas ventanas para asomarse a Francia

A veces se tiene la suerte de estar donde ocurren cosas, con la única tarea de mirar. Cuando supe que tenía la ocasión de venir a pasar en Francia la última semana de campaña de unas elecciones que tienen a media Europa feliz y a la otra media de los nervios, no pude hacer sino lo que recomendaba Chéjov: echar a la maleta un buen par de botas y un cuaderno de notas.

Ayer, cuando paseaba intentando poner en orden las ideas acumuladas durante una semana intensa, se me ocurría que, en este caso, lo de “jornada de reflexión” era bastante preciso. La partida se juega, en buena medida, en el índice de participación y en hacia dónde se decanten los indecisos. Hace ya días que todas las encuestas dan unos resultados más o menos similares, pero con tan poco margen entre las opciones que una sorpresa sería quizá lo menos sorprendente. Como en nuestras propias campañas, en todo caso, yo procuro no fijarme demasiado en las encuestas: ni para lo bueno ni para lo malo.

Sí me fijo en lo kioscos y en las conversaciones. Y lo que me queda claro en los kioscos y en las conversaciones es que la irrupción de Jean-Luc Mélenchon en campaña ha acabado de descolocar las piezas de un puzzle cartesianamente ensamblado durante décadas; pero que ya había sido bien bamboleado, en primer lugar, por el Frente Nacional de Marine Le Pen. Cuando trato de explicar el porqué del fulgurante ascenso de la Francia Insumisa en esta campaña, ese contexto de ruptura previa con el orden heredado me parece fundamental. El binomio del stablishment (que aquí se venían repartiendo el Partido Republicano y el Partido Socialista) se viene abajo, sí: pero por una propuesta intolerable para buena parte de la población por su neofascismo; y para el sistema por su rupturismo. Era lógico que por esa grieta entrara alguien, y era lógico también que ese alguien fuera quien más facilidades tuviera, por lo que era lógico que fuese un candidato amable para el statu quo: ahí tenemos a Emmanuel Macron, el candidato banquero, el joven que ofrece confianza a cambio de que todo se quede como está.  Mientras, al candidato republicano, François Fillon, un escándalo económico-personal le deja noqueado durante una temporada (aunque, como todo conservador, acaba por resurgir tranquilamente de sus cenizas); y el socialista Benoît Hamon, cara visible de un partido tan en caída libre como sus hermanos del sur de Europa, parece no saber muy bien cómo ha llegado a imponerse en sus propias primarias ni qué narices hace ahí, y va por la campaña como desorientado, casi pidiendo perdón por llamar a la puerta.

En este panorama, yo imagino muchos huérfanos de opción. Muchas personas que quieren votar ruptura pero no quieren votar ni neofascismo ni neoliberalismo. Muchas personas que quieren votar izquierda pero de verdad. Muchas personas escandalizadas por lo de siempre; muchas deseando algo diferente. Y es por esa puerta por la que Mélenchon ha sabido entrar. Ha entendido que tenía que reconvertir su viejo partido de izquierda clásica en algo similar a lo que en otros países (el nuestro, por ejemplo) había demostrado encajar mejor con el espíritu del tiempo: un espacio abierto a la participación, una plataforma ciudadana (que no ciudadanista) capaz de aglutinar a los niños perdidos del sistema y darles algo con lo que se pudiesen ilusionar. Ha entendido también que eso se hacía renovando y rejuveneciendo equipos; innovando en los modos de comunicar; aireando el discurso; tomando por bandera la alegría. Ha entendido, por último o quizás antes de nada, que tenía que cambiar él mismo: suavizarse, serenarse; pero hacerlo por otro lado sin dejar olvidadas por el camino las esencias.

Los sorprendente, el milagro, es que todos estos cambios se produjeron. El viejo partido supo diluir sus estructuras en la nueva deriva; el candidato supo calmarse y empezar a pronunciar palabras que suenan distinto aunque digan lo mismo. Todo esto, sin embargo, sería condición necesaria pero no suficiente de lo que está ocurriendo. Era imprescindible también que ocurriera — y ocurrió– que la operaión fuese el clic que activó algo que la gente estaba necesitando. Un movimiento popular no se puede crear, pero a veces basta decir que es posible para que se abran las compuertas. Los niños perdidos se reconcieron en las palabras del candidato reconvertido, y la magia empezó a operar.

Cuando llegué el pasado domingo a Toulouse para incoporarme a seguir esta campaña, lo primero que vi de ella eran riadas de gente que cruzaban uno de los puentes de la ciudad para llegar al parque en que se celebraba el mitin. Y lo que vi en la mayoría de esa gente era entusiasmo, ilusión, y una especie de asombro tan esperanzado como laico, por así decir. Me reconocía en su modo de estar en esto como se está en un amor inesperado o en una de las aventuras que traen los viajes: no con la firmeza de los militantes, sino con una especie de agradecido asombro.

Cuando llegué, en la maleta traía sobre todo, como siempre, preguntas. ¿Qué está pasando realmente en Francia? ¿A qué se debe? ¿Es realmente tan importante? ¿Cómo ha hecho su campaña Jean-Luc Mélenchon? ¿Por qué le funciona? O, espera: ¿en serio le funcionará?  Algunas de las preguntas han ido hallando pequeñas, tentativas respuestas, en estos días. Otras se despejarán hoy. La mayoría, como de costumbre, se llevarán los interrogantes puestos de vuelta cuando regrese mañana, porque tienen que ver con eso mágico, inaprensible –humano, al cabo– que suele estar a fin de cuentas detrás de todo.

Otra de las preguntas que traía, esta casi de método, era la de cómo narices se hace para mirar una campaña ajena y extraer de ella el destilado que llevarse a casa. Desde esta siempre extraña posición de mirar los toros desde la barrera que supone ser extranjero en un proceso político ajeno, he ido llenando mi cuaderno de coincidencias y diferencias, de sorpresas y de reconocimientos. En estos días siguiéndoles los pasos a los “insumisos” he visto mitines móviles en barcos, estudios propios para hacer programas de radio y de tele, preciosos escenarios desnudos que parecen balsas sobre el mar de gente, preciosas aportaciones artísiticas al proceso de desborde. He visto esta historia entre genial y distópica del holograma. He visto vídeos, panfletos, carteles, periodistas contentos, periodistas furiosos.

Pero lo que más me ha impresionado en la propuesta de Mélenchon es lo que podríamos llamar un estilo. Un estilo muy francés, seguramente: argumentativo, racional, pausado, cargado de referencias. Más que mitines, los discursos (que pueden llegar a durar casi dos horas) son conferencias que van recorriendo causas y consecuencias, poniendo las cosas en relación. Sin miedo a las palabras grandes, sin miedo a las ideas grandes. Algo que se aplica también a su producción audiovisual, por ejemplo: la idea de que si las cosas se explican, se entienden. Acercar el discurso a la gente no pasa por tomarla por tonta: pasa por poner a disposición las herramientas necesarias para llegar a las ideas complejas sin perderse por el camino. Y eso requiere tiempo y calma; y es lo contrario a una consigna. Eso es método socrático, pero también revelación: poesía. El candidato de Francia Insumisa termina cada mitin con un poema, recitado con la parsimonia de los clásicos. Y no hace falta que el poema se cante, ni que sea absurdamente simple, ni que nadie lo explique. Confianza en la palabra propia, confianza en el entendimiento ajeno.

Que genera, a su vez, en quien escucha, confianza en la palabra ajena, confianza en el entendimiento propio.

Cuando el viernes Francia Insumisa cerraba su campaña, mi sensación de intrusa era sorpresa por no ver a los equipos demasiado eufóricos. Recordaba nuestros propios cierres, con la adrenalina a flor de piel, y me extrañaba su aparente contención. De pronto, poniendo a funcionar los ejes de la empatía de currante, lo entendí. Las elecciones francesas esconden una trampa para quienes tienen que participar en ellas: el sistema de dos vueltas hace que, a día de hoy, los equipos de campaña no sepan si mañana estará en un huracán aun más vertiginoso, o, por el contrario, en un súbito y tristón frenazo tras no haberlo logrado. Cuando me di cuenta, solo quería abrazarlos a todos.

El problema, o lo más decisivo, es que esa misma incertidumbre tiene la gente que vota. Aún hoy, con la papeleta en la mano ya, los menos convencidos siguen dibujando en sus cabezas la diversidad de los escenarios posibles, antes de decidirse del todo. Un cálculo a muchas bandas de quién ganaría a quien si resulta que ese quién fuera el quien que realmente pasa a su lado. En cómo se articule ese razonamiento, llamado estratégico pero que lo tiene todo de subjetivo, se cifra buena parte de la incertidumbre.

Con el engranaje de la empatía puesta en marcha, me pregunto también cuál será el desarrollo del movimiento de Francia Insumisa a partir de esta noche. Pasen o no pasen a segunda vuelta, ¿qué ocurrirá? ¿De qué modo se irá convirtiendo esa alegría difusa en la organicidad que se vuelve inevitable cuando termina el estado de excepción? ¿Cómo salvarán el escollo de la multiplicación de estructuras que supondrán las elecciones legislativas, en las que se pasa del centralismo presidencialista a la representación territorial? ¿Dónde irán encontrando sus contradicciones, cómo las afrontarán? ¿Lograrán aprender de los errores ajenos (los nuestros, por ejemplo) para no repetirlos? ¿Cómo se canalizará esta alegría popular, esta ilusión por el futuro a construir?

Pero pase lo que pase esta noche, me atrevo a decir que hay un resultado que ya se ha conseguido. Las riadas de gente alegre, la escucha atenta de los mitines filosóficos, la sensación de comunidad, la política en las conversaciones cotidianas, la apertura de los imaginarios de lo posible; todo eso tiene un nombre: toma de conciencia. Hay cosas que han sido dichas, hay cosas que han sido entendidas.

Y eso, cuando ocurre –en una vida o en un pueblo– ya no tiene vuelta atrás. 

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