A sus madrigueras…

Me gusta el día de hoy. Ese: el primero en el que dices: qué frío, pero qué frío, pero joder qué puto frío. Y te pasas la mañana de clase mirando por la ventana la tormenta, soñando inviernos llenos de refugios; y luego anulas los planes porque lo siento tengo que ir a abrigarme, me pelo; y llegas a casa aterido, guardas el tupper en la nevera y cocinas por el único ancestral motivo: entrar en calor; con la sudadera, por fin, de la pantera rosa, y las cortinas un poco descorridas, todo ese frío afuera. Y luego cómo va uno a volver a la facultad, para una hora, total, y además con este frío: una siesta inevitable de la que te despierta una invitación a Mallorca en invierno -qué frío, qué frío-, y ponerse a estudiar, hasta el flexo da calor; estudiar a Kant porque a Kant sólo se le puede estudiar cuando empieza el invierno.

Y ahora abrigarse mucho, salir a la calle para intentar comprar tres libros imprescindibles y unas botas con mucho pelo dentro. Que al salir a la calle ya será prácticamente de noche, me cago en la puta, qué frío, y volver a casa luego va a ser una maravilla.

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Se escribe como se vive

Al final la ciudad sí que ardió. Yo al menos vi las llamas. Como os dije antes de irme, era mi primera vez en un sarao de estos, y lo cierto es que superó mis expectativas. Me gustó esto de pasar tres días no pensando en nada que no fueran versos (será la cuota de ingenuidad que corresponde a ser, como me dijeron varias veces por allí, así de asquerosamente joven). Me gustó también encontrarme a gente que vale la pena, con miradas afiladas e ilusiones limpias. Y las lecturas en los institutos, hablando como mormones con la ilusión de cazar almas a una causa salvífica. Y por supuesto las comidas del Kin, las cenas del Ovetense. La noche inacabable, inhabitable, que empezaba siempre en esa Caja Negra mecenas y ángel, que acababa siempre en un sofá: o en otro.

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Las tres y media y sereno…

Pensar, por ejemplo, con Luis Alberto de Cuenca, aquello de

La vida dura demasiado poco.
No da tiempo a hacer nada. No hay manera
de reunir los suficientes días
para enterarte de algo. Te levantas,
abrazas a tu novia, desayunas,
trabajas, comes, duermes, vas al cine,
y ni siquiera tienes un momento
para leer a Séneca y creerte
que todo tiene arreglo en este mundo.
La vida es un instante. No me explico
por qué esta noche no se acaba nunca.

pero ni eso aleja las sombras. Y entonces encender la luz, levantarse, dar un par de vueltas en redondo. Calentar un vaso de leche (¿qué hay más solo que curarse sólo el insomnio, la gripe?-y ni siquiera tengo nesquik-), intentar beberlo despacio, saber que mañana será difícil levantarse. E invocar, con Gerardo Diego… (más…)

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Sí, esta es la primera…

Las mañanas de convalecencia sirven para repasar clásicos. Claro que no iba a estar TAN claro… habrá que leer entre fotogramas, ¿no?

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Dudas, precipicios, Alfredo

Hace algún tiempo, al recomendar el libro de un amigo a alguien de cuyo criterio me fío tanto como para utilizarlo con argumento de autoridad, añadí algo así como: “bueno, esta recomendación no es muy legítima, se trata de un buen amigo…”

Mi interlocutor contestó: “no, es justo al revés. Lo único que uno puede recomendar es lo que hacen sus amigos“.

A eso me agarro.

Quiero decir: vaya por delante que no tengo la menor intención de ser objetiva. (más…)

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