De metacine y filipinos

La chica de los mk2 está ahora en un puesto nuevo: acogida de profesionales y prensa. Lo bueno es que el stand está a la entrada, y etre acreditación y catálogo, se convierte en tribuna preferente para cotillear todo lo que pasa.

El día anterior había habido espacio y tiempo para dos preestrenos. Ambos venían muy al pelo porque hablaban, cada uno en su clave, de los entresijos de la ficción y de las pantallas. El primero lo tenéis aquí abajo, un caramelo hecho de ficciones tan imaginadas que podrían ser de verdad, un entrecruzarse de destinos, de lágrimas, de cuerpos, en torno al escenario en que se convierte, por lo visto, cada julio, la ciudad deAvignon.

Con el segundo, al que le queda tanto para salir a la luz que no tengo nada que mostraros, uno se ríe como sin pensar que vaya en serio. Mezclando en escena a varias de las grandes, tenemos la historia de Robert, un fan del cine y sobre todo las actrices que, no contento con admirar carteles y pantallas, decide mezclarse en la vida de sus ídolos de una manera un tanto peculiar.Pero… error lo de nos creérselo. Lo comprobamos bien ayer, viendocómo, con motivo del estreno de Caregiver, a eso de las nueve de la noche el mundo se llenó de filipinos. Rodeaban, vestidos de gala, niños en traje, el estrecho paso por el que debía hacer su entrada Sharon Cuneta, superstar nacional. Y el surrealismo alcanzó cotas desmesuradas. Gritos de histerismo, empujones, atropellos, saludos a la cámara. Y la estrella que, bien en su papel, llegó muy tarde y con un vestido negro escandaloso con una especie de hombreras picudas de treinta centímetros.

Ah, pero nada comparable a las cuatro compatriotas que, a mitad de a tarde, aparecieron perdidas a la búsqueda del cóctel que les estaba destinado… en otra parte. Escena: cuatro barbies asiáticas que llegan, en sendos vestidos fucsia-pistacho-azul eléctrico-y-rojo, con sus chales, sus inmensos tacones y su idioma agudo e incomprensible, a la hora punta de un viernes, a un cine de barrio, y se pasean de extremo a extremo en un nerviosismo sin pausa gritando: cocktail? cocktail? Ver para creer.

Como oir para creer el hombre que llama y dice: perdone, ¿puede decirme cuál es la película más larga que va aproyectarse durante el festival? Mi pobre compañero busca y busca entre el programa hasta encontrar una de dos horas veinticinco mientras el hombre explica: es que tengo una invitación. El perplejo pero voluntarioso informador informay se atreve a preguntar un por qué. Ya le digo, contesta el hombre, tengo una invitación. Ajá, pero… Coño, pues que quiero rentabilizarla.

Pasen y vean, señores. Esto es cine. A ver qué me depara la tarde.

 

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